
Cuando la justicia, en primera instancia, absolvió a los músicos de Callejeros, creí que ellos finalmente encontrarían algo de la paz que perdieron el 30 de diciembre de 2004. Una paz que podría morigerar ese estado de recurrida perturbación que los llevó a tomar, una y otra vez, todas y cada una de las decisiones que solo incrementaron un rechazo hoy abrumador.
Pero no. Evidentemente, no. Eludieron el primer escollo legal y volvieron a la luz pidiendo una insólita indemnización pese a que después de la tragedia hicieron casi una veintena de shows colmados de gente y editaron dos discos que se vendieron muy bien. Y me pregunto: ¿qué es lo que lleva a Callejeros a generar cada vez más odio? Pareciera un círculo vicioso del odio, cuyo verbo se conjuga en todos los pronombres personales posibles. Porque ellos odian tanto como son odiados. Los padres de las víctimas los odiarán por todo, de la misma forma que muchos otros los odiarán por nada, de mero carácter transitivo. Cada uno tiene sus motivos para odiar. La banda odia, tal vez por perder no solo familiares y amigos (los que murieron esa noche y los que se distanciaron luego de ella) sino también el respeto de gran parte de la sociedad. Y muchos los odian a ellos, por tolerar una y otra vez sus provocaciones. ¿A quién le quiso meter el dedo en el culo la madre de Fontanet cuando hizo el gestito del “fuck you” en Tribunales? ¿Por qué esa necesidad de revanchismo en cada acto y palabra de músicos y afines?. De la otra vereda, me preguntaría por qué muchos artistas los fustigaron con saña cuando ellos mismos fueron cómplices no solo del uso de pirotecnia (¿se acordará Cordera de la bengala que aparece en el video “Un pacto” de Bersuit?), sino también de un sistema corrupto que no solo alimentaron sino del que también se alimentaron ellos mismos.
Tratar de explicar el odio sería suicida. No obstante, hoy, se ha convertido casi en una formalidad de la interactividad social doméstica. Se odia en la política, en el fútbol, en la calle. La más nefasta de las pasiones parece haberlo invadido todo para taparnos los ojos y dejarnos manejar por sus dictámenes. En el medio, nos llevamos puestos entre nosotros mismos (¿qué sabrá el odio de cortesías?). Quedará para la sociología seguir la huella hacia el pasado hasta dar con el origen. El presente muestra que Cromañón solo sirvió para cavar 195 fosas. El juicio fue un chiste, de principio a fin: sobraron banquillos y faltaron acusados. Vamos, la precariedad que vimos por TV ese 30 de diciembre (y que de ha poco ha recuperado terreno perdido en el circuito comercial del rock) la respiramos todos los días en hospitales, trenes, escuelas, plazas y en cada lugar donde apoyemos un pie, el otro y luego los dos juntos para ser partícipes hasta la complicidad de una realidad que por misma realidad se nos volvió costumbre. El odio nos redime haciéndonos creer que la culpa siempre es del otro, ese ser ajeno que pecó por el simple de obrar contrario a nuestra conveniencia. Una pena: tanto muerto desparramado para que no aprendamos nada de nada.
3 respuestas hasta el momento ↓
Xeas // 27 Agosto, 2009 a 6:27 pm |
Mierda, que reflexión tan cierta. En mucho coincido.
En algunas cosas no.
Tratamos de tapar con el odio la culpa?
Es cierto que queremos lavarnos las manos y no reconocemos la inconciencia de entender como divertido meternos en las cuevas y sucuchos para escuchar rock?
Muy bueno juani. Abrazo!
damon // 21 Septiembre, 2009 a 6:56 am |
http://northernfishblogs.blogspot.com/
PASEN Y VEANS!!
damian // 24 Septiembre, 2009 a 10:24 am |
Juani, como andas? muy buena la nota…
te mando un abrazo, que sigas bien!
Damián M.