El hombre que pudo ser el mejor

Ídolo de todo Rosario -tal vez por no pertenecer ni a Newell’s ni a Central-, el “Trinche” Carlovich fue tan trascendente en Central Córdoba que llamó la atención desde Menotti en 1978 hasta el Inter de Milán. Para algunos fue mejor que Maradona. Pero él estaba más allá de todo eso: “no tuve más ambiciones que jugar a la pelota”.

No sale mucho a la calle, pero cuando lo hace, no pasa inadvertido. Es lógico: los centímetros de diferencia entre una pierna y otra que lo obligan a caminar con dificultades, casi a los saltitos, lo vuelven distinto entre tantos iguales. Distinto, como antes, cuando su cadera no había sufrido tantos costurones y podía marcar la diferencia quebrándola a gusto en cualquier cancha del ascenso. Ya no tiene aquel pelo negro en cascada ni los bigotes bañándole los labios, pero alguien lo reconoce entre el olvido de alguna calle de Rosario y le grita: “¡Trinche!”.
Es Tomás Carlovich, el “Trinche” (o “el Gitano”, depende quién lo diga y en donde), un hombre de mil anécdotas y una sola duda, tan gigante como la leyenda misma que forjó en épocas donde la televisión no había llegado a la B y las historias se certificaban a viva vista: ¿pudo haber sido el mejor futbolista argentino de todos los tiempos? Los rosarinos ni lo dudan, aún habiendo tenido a Maradona jugando en la ciudad con Newell’s. Para José Pekerman, “fue el futbolista más maravilloso que ví en mi vida”.
La fría estadística (un gol cada 10 partidos) no dice demasiado acerca de ese volante central, pero aquellos que lo vieron, dan fe de las condiciones de ese tipo que jugaba y hacía jugar. Que era capaz de sacarle música a la pelota pisándola un poco por acá y otro tanto por allá hasta llegar al éxtasis con su especialidad: el caño de ida y vuelta, tan característico de él que llegaron a pagarle premios por cada uno. Era un doble castigo para los marcadores que volvían a la escena del delito buscando venganza por el primer túnel. No era rápido con su cuerpo, aunque sí con la mente: “lo que tiene que correr es la pelota”, decía, y lo demostraba con milimétricos cambios de frente que reacomodaban el curso y la dinámica del partido a las coordenadas de su propio juego.
Se reconoce como “Trinche” desde que un vecino del barrio Belgrano así lo dispuso por 1953, cuando tenía cuatro años. Nunca supo el motivo de tal apodo, pero bien podrían haberle dicho “lobizón”: es el séptimo hijo varón de un plomero yugoslavo que se estableció en Rosario por la década del ’30.
Sus inicios en el fútbol corresponden a esos tiempos, cuando participó en torneos por el interior de la provincia con hermanos y amigos. Eran centenares de equipos aficionados, algunos, reforzados con jugadores de Colón o de Unión. Alguien reconoció sus destrezas y se lo llevó para Rosario Central. Estaba feliz, pero sentía mucho miedo: iba a jugar en el equipo que le simpatizaba con solo 16 años.
Era retraído, tímido, introvertido. Prefería cambiarse en la soledad de la utilería antes que en el vestuario. No se adaptaba, así que lo cedieron a préstamo a Sporting de Bigand, donde salió campeón de la Liga Deportiva del Sur. Reconfirmadas sus virtudes, regresó a Rosario Central y tuvo su oportunidad en primera. Jugó dos partidos, un amistoso y uno oficial. El técnico era Miguel Ingomiriello, recordado por haber modernizado el trabajo de juveniles en el fútbol argentino. Pero con el “Trinche” no hubo caso. Que el técnico le prometió ser titular y no le cumplió, que fue convocado a un clásico contra Newell’s y se escapó, que el club le debía plata, que lo dejaron libre o que no se podía integrar al grupo… rumores de todo tipo que aceleraron un desenlace previsible.
No quiso que su fin en Central lo sea también en el deporte, así que bajó dos categorías y fue a parar a Flandria por gestión de un cuñado, en 1971. Durante los seis meses que duró la experiencia en el equipo de Luján, jamás pudo sacarse el gusto amargo de su fino paladar y quiso largar todo. Sentía que la felicidad y el fútbol rentado circulaban por andariveles irreconciliables, hasta que un amigo le habló de una posibilidad en Central Córdoba de Rosario. Se dejó convencer y pegó la vuelta. Era la oportunidad de reescribir su nombre y sentirse profeta en su tierra.
Así pareció entenderlo el mismo día de su debut, ante Sarmiento de Junín, cuando condujo al Córdoba hacia el triunfo con toques, lujos y dos goles de propia factura. Fue amor a primera vista entre el “Charrúa”, su gente y el “Trinche”. Una relación que en la cancha duró –interrumpidamente- hasta 1986, pero que fuera de ella permanece vigente en el reconocimiento del hincha por su ídolo, y en la esperanza del ex jugador por trabajar alguna vez en el club.
Las habilidades de Carlovich comenzaron a transformarse en un murmullo más allá de las categorías menores cuando en 1973 ascendió a la B con Central Córdoba, categoría en la que se plantó de manos ante equipos necesitados de Primera alcanzando un tercer puesto al año siguiente.
Pero los sombreros y las gambetas interminables (no por excesivas sino por intratables) no eran novedad en su ciudad, por lo que a nadie sorprendió que el Trinche fuese llamado a integrar el combinado rosarino que el miércoles 17 de abril de 1974 en cancha de Newell’s enfrentaría a la Selección, en el fin de su gira nacional previa al Mundial de Alemania.
Dirigido por Vladislao Cap, el equipo argentino venía bañado de críticas por la estrechez con la que había ganado sus anteriores compromisos con equipos de interior y Carlovich (el único convocado de Rosario que no pertenecía ni a Newell’s ni a Central) fue el protagonista de la estocada final: manejó el juego del equipo y hasta le convidó un irresistible pase gol al Mono Alfredo Obberti para una noche histórica donde la Asociación Rosarino cacheteó al seleccionado nacional por 3-1. Los jugadores de selección (entre ellos, Quique Wolf, Tarantini, Brindisi, Telch y Bertoni) los insultaban presos de su impotencia mientras hinchas leprosos y canallas, tal vez por única vez en la historia, se fundían en un único abrazo de felicidad y alegría.
Los medios hablaban de la gran actuación que había tenido el goleador de Rosario Central Mario Kempes -que terminó yendo al Mundial- y del ultimátum de los dirigentes al “Polaco” Cap (“jueguen bien y ganen, o los echamos a todos”, ordenó el por entonces Presidente de la AFA Fernando Mitjans). Tal vez el mayor reconocimiento público que tuvo el Trinche por ese partido, fue un parrafito en El Gráfico de ese mes titulado “Un tal Carlovich”, que recogía un testimonio de Carlos Timoteo Griguol (entrenador del combinado rosarino junto al DT de Newell’s Juan Carlos Montes): “es un fenómeno de jugador, pero no le gusta el sacrificio, por eso no triunfó. Jugaba conmigo en Central y prefería irse de caza o de pesca. ¡Qué lástima!”.
Su pasión por la pesca era insalvable. Para algunos, lo suficiente como para contar que César Luis Menotti (maravillado con el “Trinche”, como buen rosarino) lo convocó en 1977 para la preselección del interior y el crack de Central Córdoba prefirió irse a tirar la caña por la costanera porteña.
La informalidad y el desinterés por la rutina deportiva teñían de colores las páginas más pintorescas de su leyenda, pero también conspiraban contra las promesas que su juego generaba. Así, por ejemplo, se hizo expulsar jugando para Independiente Rivadavia (uno de los dos equipos mendocinos por los que pasó, junto a Deportivo Maipú) porque sino perdía un micro que lo llevaba a Rosario para pasar el fin de semana.
Volvió a tener su oportunidad en Primera con Colón de Santa Fé, donde lo peor que le pudo pasar fue tener a un técnico de carácter como lo era el Vasco Juan Urriolabeitía. Jugó tres partidos, y de todos ellos se retiró lesionado. No le creyeron y se despidió por siempre y para siempre de la A.
Se dijo que lo buscaban de Francia, del Santos de Pelé y del Inter de Milán, pero su felicidad estaba en otro lado, por Virasoro y Juan Manuel de Rosas, en el barrio Tablada. El Estadio Gabino Sosa era su patria chica, allí donde sus destrezas eran celebradas sin más presiones que las de siempre: tirar algún caño de ida y vuelta de los de siempre, sacarle a la pelota un sombrero como buen caballero de la redonda que era, gambetear como ninguno por esos días y en esos lares, y seguirle exprimiendo cada día otro tantito más de magia a esos gajos maltrechos del fútbol de ascenso.
Tal vez porque una historia como la suya no admitía aquel broche romántico de 1982 (cuando se había retirado dejando a Central Córdoba nuevamente en la B tras golear a Almagro por 4-0 en la final), volvió en 1986 a los 37 años de edad. El fútbol era su vida y, como tal, no podía concebirla sin el caprichoso discurrir de la redonda. Pero todo tiene su fin, y el de su carrera llegó en ese mismo año que consagró a Diego Maradona como el mejor jugador de todos los tiempos.
En 2002 la Municipalidad de Rosario lo nombró Deportista Ilustre, lo que le permitió cobrar los únicos $150 que aportó mensualmente en la casa que comparte junto a su esposa y sus dos hijos, hasta que comenzó a colocar pisos con uno de sus hermanos. Sus tribulaciones venían de antes, cuando comenzaron a aquejarle unos fuertes dolores que resultaron ser el producto de una osteoporosis de cadera. Sintió que todo había perdido sentido: “estaba entregado, no quería hacer nada con mi vida. Por vergüenza, ya ni iba a ver a Central Córdoba, no podía moverme y no tenía para operarme”.
Amigos y allegados se movilizaron (entre ellos, el doctor y ex arquero charrrúa Eduardo Quinto Pagés) y, con la colaboración del intendente rosarino Miguel Lifschitz, el Trinche pudo ponerse una prótesis en la parte derecha de su cadera en octubre de 2005.
Meses después, generaciones y generaciones de futbolistas rosarinos le rindieron tributo en el Gabino Sosa, casa de Central Córdoba y del Trinche. Cuatro mil personas vieron jugar, entre otros, a los hermanos Mario y Daniel Killer, Fabián Basualdo, Sergio Almirón, Julio Zamora y Damián Manso, contra viejos y nuevos jugadores del Córdoba. La pasó bien y le donaron la recaudación para que pueda operarse la cadera izquierda.
Los dirigentes del club lo invitaron al año siguiente al festejo por el centenario charrúa, y le prometieron algún trabajo que jamás cumplieron.
Hoy, su contacto con el fútbol es a través de la dirección técnica de un equipo de veteranos que juega por los pueblos santafecinos. Podría haber estado más allá de las contingencias económicas si hubiese podido llegar más alto en el fútbol. “Llegar. ¿Qué es llegar? –reflexiona- la verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar a la pelota. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio”. Ambición que, pese a una cadera que se le niega, no ha perdido: “si me dieran 90 minutos en una cancha llena, juego y te juro que muero contento. En el fútbol de hoy, juego con los ojos cerrados” asegura y se relame párpados adentro con la sonrisa amarga del hombre que pudo haber sido el mejor.

 

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Una respuesta a “El hombre que pudo ser el mejor

  1. exelente nota, gracias por acordarte del trinche

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