El pecado de la confianza

La autoconfianza en el fútbol, bien aplicada, es una herramienta a la que muchos entrenadores echan mano para motivar a su plantel vestuario adentro. Pero fuera de él (y, sobre todo, delante de los micrófonos) parece ser tomado como un signo de arrogancia y mal gusto. El mundillo del fútbol (no el que se rige por el sentimiento sino más bien por esos intentendibles códigos) se sorprendió con la aparición de Pedro Troglio, un DT que parecía esquivarle a los inútiles convencionalismos haciendo públicas sus inocentes especulaciones amparadas en la las matemáticas (“si ganamos los tres partidos que quedan somos campeones”, cuando era puntero con Gimnasia LP) o, lisa y llanamente, sus más sinceros pronósticos (“estoy muy seguro de que vamos a salir campeones”, semanas atrás, ya en Independiente).
Pero esa verborragia tan insolente para una profesión acostumbrada de quejosos y mediáticos sufrió el castigo de los que prefieren el monopolio de las declaraciones insulsas, vacías… de cassette: se fue de Gimnasia cuando la mala racha había oscurecido el subcampeonato del 2005, y el sueño de gloria con Independiente se está trizando al ritmo de los traspiés.
Un costo demasiado alto para alguien que no duda en hacer notar la confianza en sí mismo, y en su equipo. Un pecado que, quién sabe, tal vez se esté por cobrar una nueva víctima.

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