El que perdió Roland Garros

coria03

El retiro de Guillermo Coria no causó gran conmoción porque (se sabía, se sospechaba; da igual) la decisión estaba al caer. Triste final para quién gozó el placer del éxito y padeció el descarne del exitismo.

“Los argentinos no soportamos perder,
no nos gusta perder a nada,
somos muy competitivos”

(G. C., 13 de septiembre de 2005)

Un final de protocolo. Así cerró oficialmente su carrera Coria, en una conferencia de prensa donde dio explicaciones sin explicar nada: “tuve un click en la cabeza, algo muy fuerte que, creo, que nadie lo sabe, y cuando lo diga muchos entenderán el porqué del bajón”, dijo. No expuso motivos, solo puso en su boca un adiós que ya había sonado en muchos oídos. Se fue silbando demasiado bajito, exactamente diez años después de haber irrumpido en juniors ganándole a Nalbandián en singles de Roland Garros y ganando, junto a él, el dobles de Wimbledon. Con Gastón Gaudio (la otra aparición fulgurante del tenis criollo) protagonizó beligerantes partidos entre 2001 y 2003, año en el que Coria dominó sobre polvo de ladrillo -incluída una victoria ante Andre Agassi en Roland Garros- y finalizó 5 en el ranking. El epílogo de ese duelo personal fue en la final del abierto de París en 2004, adonde llegó como favorito y se retiró subcampeón tras comenzar ganando los dos primeros sets y disponer de otros tantos match points.

De allí en más, nada volvió a ser como antes. Una lesión lo marginó varios meses del circuito luego de ganar su primer y único torneo sobre césped, y luego pasó sin pena ni gloria por la Copa Masters perdiendo los tres partidos de la fase inicial sin lograr un solo set. Sus intentos por recuperar terreno perdido chocaron ante la sorpresiva irrupción de un jovencito Rafa Nadal, ante quién perdió una epopéyica final en el Master de Roma 05 que marcaría en cancha, de un modo brutal, el ocaso de uno y el inicio del otro. Pese a evocar felizmente ese partido por considerar que allí desplegó un tenis que jamás pudo volver a repetir, esa derrota encendió el fuego de un incipiente infierno que lo cocinó al fuego lento de sus sucesivos retiros y fallidos regresos. Ese mismo año selló su paso por la Davis con dos derrotas en la serie semifinal jugada en Eslovaquia. La ensaladera nunca fue su obsesión: jugó ocho partidos (de los cuáles ganó cinco), menos que jugadores de menor fuste como Juan Chela, Guillermo Cañas o Mariano Puerta y exactamente la mitad que, por ejemplo, Gaudio,

¿Qué hubiese sido de su reaparición de no haberse cruzado con un Nadal que había llegado para hacer de la arcilla el argumento inexpugnable con el cuál comenzaría su imparable camino hacia la cima del ranking?. Fue el último escollo del español antes de desplegar su hegemónico dominio sobre canchas lentras. El Mago había tolerado mucha presión en un momento donde su promisoria carrera llegó al momento crucial de definir su rumbo. El factor mental fue clave en el futuro de ambos. A Nadal le permitió blindar un temple que, como se vio incansables veces, está preparado para resistir a los más brutales límites que la deportividad sea capaz de ofrecer. Para Coria, la cabeza se convirtió en su enemigo público número uno al punto tal de bloquearlo en cuestiones elementales como los saques y sus permanentes doble faltas.

Entonces, comenzaron los rumores que buscaban afuera de la cancha las justificaciones que no se encontraban dentro. ¿Le tocó un tiempo equivocado o no le dio el cuero para semejante desafío? Imposible averiguarlo. Los números, así como lo condenaron en su lenta agonía, supieron ser su única compañía en una época donde el tenis argentino venía de ser apenas una foto sepia de Vilas en vincha y un puñado de promesas incumplidas.

Hoy, jugadores como David Nalbandián o Martín Del Potro (hasta Guillermo Cañas, con aquella rachita ante Roger Federer en 2007) hicieron usual la costumbre de ganar grandes partidos y pelear importantes torneos, de modo que su nombre fue perdiendo consideración en el mundo de la pelotita albina y se olvidó como se olvidan las cosas efímeras. Como el éxito, por caso, que alimenta ese exitismo que tuvo a él como un blanco sobre el que se manifestó en su peor expresión.

Muchos le impusieron la imposible exigencia de volver a ser quién era, como si acaso su estima mereciera plebiscitarse a través de los triunfos, los torneos y el ranking. Que nunca haya podido recuperar sus momentos de apogeo fue tomado como el pecado de quién no quiere volver adonde lo llaman. Una pesada carga para quién, definitivamente, merece ser reconocido como algo más que el que perdió Roland Garros.

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