Memoria de Chiche en Gente

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¿Periodista irrevente? ¿Genio incomprendido? ¿Audaz profesional? ¿Viejito simpático? Hoy es parte de la programación central de radio Mitre y Canal 13 tras una mediática militancia en programas de amarillismo naif. Pero su paso por Gente, sus polémicas editoriales y sus decisiones como Subdirector de la revista durante la presidencia de Videla hacen creer que no, que Chiche Gelblung no es solo aquel trasgresor que le tocó una teta a María Eugenia Ritó o que promocionó “el detector de mentiras”  en el prime time.

“Este pase me pone muy alegre y me genera una gran sensación de estar vivo, si no uno se queda en la monotonía” le había dicho al diario Perfil poco después de abandonar casi una década de aire en radio 10 y firmar contrato por tres años con el Grupo Clarín. En esa frase definió, tal vez, la línea rectora de su carrera en el periodismo: su propia fórmula es, precisamente, no respetar ninguna fórmula. Con ese mismo razonamiento logró estudiar en la Escuela Argentina de Periodismo, a la que pudo ingresar engañando que había terminado el secundario en Colegio del Salvador en complicidad con el cura jesuita y amigo personal Toni Sojo.

Acerca de su debut profesional, en revista Gente, Gelblung contó diversas versiones. A Noticias Urbanas le confesó que el 28 de junio de 1966 (el día del golpe de estado) consiguió declaraciones del derrocado Arturo Illia en una casa de Martínez donde se había refugiado, de la cuál fue echado cuando se enteraron que no pertenecía al grupo de la Juventud Radical de Avellaneda y Trenque Lauquen con el que había ingresado. A la revista Brando, en cambio, le dijo que el estreno fue dos semanas después, cuando el jefe de redacción Raúl Urtizberea lo había mandado a cubrir una gala en el Teatro Colón donde el presidente Onganía iba a presentar a su Gabinete, cita para la cuál Ante Garmaz lo sacó del apuro facilitándole un smoking. En los pasillos de facultades y terciarios de periodismo, le atribuyen a Chiche una sugerencia con sabor a máxima profesional: “que la realidad nunca te arruine una buena nota”. Él nunca lo confirmó, pero tampoco lo rechazó. Lo cierto es que en ese atribulado año se produjo su ingreso a la revista (“había aparecido en 1965 y me encantaba” afirmó) que dirigiría a partir de de una fecha difícil de olvidar: 24 de marzo de 1976.

El contacto con la política venía de larga data. Su abuelo Mario había llegado de Europa Central luego de ser excomulgado por la comunidad judía al no firmar una solicitada en repudio a asesinatos de intelectuales hebreos. Stalinista por definición, organizaba reuniones clandestinas del PC junto al padre de Chiche quién, a su vez, con siete años, oficiaba de campana en la puerta de la casa. Ese antecedente no intervino a la hora de encarar el oficio periodístico: “para mí, el comunismo era parte de mi aventura cotidiana”, recordó en una entrevista a la revista Veintitrés.

En su ciclo como Subdirector (el segundo cargo jerárquico de la revista, detrás del Director Ejecutivo Aníbal Vigil) afianzó el perfil informal y frívolo que caracterizaría a la publicación por los siglos de los siglos. Entre los aciertos que lo honran, resalta con orgullo  cuando le torció el brazo al propio Vigil para hacer tapa y póster con Pablo Picasso tras su muerte. “Le dije que a la gente le iba a interesar y tuvimos que reeditar”, recordó. “Parte de esa audacia me pertenece -evocó más adelante-, como respuesta a mi caos intelectual. Poner en una página la nota de una inundación trágica y, enseguida, un desfile de modelos, me resultó natural”. A Cristina Seoane, su esposa, la conoció gracias a la revista: había sido modelo de tapa en varias ocasiones.

Su estilo se convirtió en el de la revista. Cuando el presidente Onganía había decido prohibir la obra Bomarzo de Manuel Mujica Láinez por “problemas técnicos”, un superior le sugirió indagar profundamente para descubrir si, efectivamente, se había tratado de un llano caso de censura. Esa obsesión la hizo parte de su oficio y se la impuso a todos los planteles periodísticos que tuvo a su cargo. Gabriela Cociff, ex redactora de Gente, recordó cuando Chiche le hizo montar una guardia de 11 días en la puerta del hotel donde se hospedó Frank Sinatra en su visita a Argentina en 1981, hasta que finalmente consiguió una entrevista exclusiva. La única consigna que había recibido del Subdirector había sido clara: “traeme la nota o no vuelvas”. A Rolando Hanglin, que hacía las críticas de cine, le impidió asistir al nacimiento de uno de sus hijos aclarándole que la revista no era “un club”. “Claro que tenía razón -se defendió después-, porque solo se justifica la ausencia por muerte de cónyuge o infarto”.

Su paso por Gente no marcó el comienzo de su carrera, sino que marcó a la carrera misma de una forma tan dinámica que la lupa del tiempo la sigue trayendo a cuento aún a casi tres décadas de su renuncia. Siempre la redime, aunque a veces sienta rebasado y roce la borda. Cuando, en una charla abierta, un estudiante de Periodismo de la Universidad de la Matanza le preguntó si estaba arrepentido de algo, Chiche se sintió aludido y contraatacó diciendo: “si vos te estás refiriendo a la época de Gente y no te animás a preguntarme, yo te aclaro que eso no lo considero un error”. Para que no quedaran dudas, agregó que quería aclarar algo: “reivindico total y absolutamente los años más difíciles que me tocó dirigir la revista Gente. La reivindico de la primera a la última línea. No me arrepiento de nada, no tengo que pedir disculpas de nada. Se que he cometido errores como los sigo cometiendo, pero no soy de aquellos que creen que durante la época del Proceso ni hicieron nada”. Hace poco había recibido una crítica al respecto de parte de Clarín, no en páginas centrales sino apenas en un modesto parrafito de la contratapa de Espectáculos, a la que Chiche le bajaba el precio diciendo que “todos los que hacen ese suplemento son discípulos míos, y se dedican a vengarse de las puteadas que yo les largué en toda su carrera” y recordando que el diario había sido “un medio que durante el Proceso siguió saliendo y probablemente tuvo actitudes mucho más jodidas que las que tuvimos nosotros desde Gente”.

Una vez, sí, reconoció errores de esos tiempos: “si uno tuviera que arrepentirse totalmente de un período en el que ejerció el periodismo, ése es Malvinas”. Claro que, para ese entonces, ya no pertenecía a Gente sino que era el director de Somos, una publicación de editorial Perfil.

“Desde hace un tiempo diarios y revistas de todo el mundo sólo hablan del país para nombrar ‘guerrilla’, ‘derechos humanos’, ‘terror’. No hablan, claro, de la industria. O del campo. O del petróleo. O de los artistas. O de los científicos. O de los premios Nobel. Nos miran a través de un vidrio oscuro. Parcial. Interesado” decía la editorial del 2 de septiembre de 1976. La tapa del 9 de diciembre de ese mismo año mostraba la ficha de búsqueda de la montonera Norma Arrostito, con una faja que decía “MUERTA” en mayúsculas e indicaba fecha y hora del hecho. En el balance de ese año, GENTE trabajó el sarcasmo en un párrafo que decía: “La tortura del año. Y la de todos los años. Los teléfonos. No andan. Nunca. No hay tono. Se cortan”.

“La historia de Gente durante el proceso estuvo pésimamente contada –le dijo a Carlos Ulanovsky, ya en la década del ’90-. Hubo dos verdades, y la revista contó una de ellas. Pero en ese momento, ¿quién contaba la otra? Muchos se quedaron con aquel editorial del 1º de abril de 1977, ‘Gente se equivocó’”. Esa edición recogía largos del discurso que brindó el presidente Videla en el primer aniversario de su gobierno. A pocas páginas de distancia, una nota en forma de solicitada se anunciaba con un título que ocupaba casi media página: GENTE SE EQUIVOCÓ. Allí, la revista hacía una insólita autocrítica por haber sido “complacientes con el régimen peronista” (años más tarde, Chiche reconocerá que los peronistas son sus “enemigos naturales”, pese a creer que siguen en el poder porque “demostraron que son los únicos que saben gobernar”). El texto, luego, tomaba un vuelco esperable: anunciaban “con todas las letras” que querían “que se termine la demagogia, que nos inunden ideas nuevas, que nos gobierne gente sana” y planteaban el nuevo rumbo editorial de la publicación: “hacer ‘ideología’ y pecar por arbitrarios antes que por complacientes”. Ese momento del click, de cambio, confesaban que había ocurrido “en 1975”.

Para 1977 ya estaba claro de qué lado estaba Gente. Y también de cuál no estaba: la necrológica del ex ministro de Economía José Ber Gelbrad remataba aclarando que había muerto “un enemigo del país” y dejaban en claro que Amnesty International había conseguido en 14 años “la liberación de tres mil terroristas de izquierda”. Realizaron una amplia cobertura de una misión oficial a Venezuela en la que Videla viajó acompañado de los deportistas Juan Manuel Fangio y Roberto de Vicenzo, el tanguero Edmundo Rivero y el médico Luis Federico Leloir (“la primera vez que un Premio Nobel visita Caracas”, señalaban), entre otros. Los dos presidentes “rechazaron cualquier manifestación de violencia” y acordaron negociaciones por armas, municiones y petróleo. El título del megainforme celebraba “un triunfo argentino”. Algo similar dijeron de una gira de Alfredo Martínez de Hoz por Estados Unidos y Guatemala la cuál, aseguraba, había dejado “un saldo económico importante”. El ministro de Economía apareció entre los personajes de ese año (“fue el avezado piloto de un barco que todavía atraviesa bravas tormentas: el país”), junto a Mujica Láinez, Antonio Berni, Leopoldo Luque, Arturo Puig, Guillermo Vilas, Jorge Porcel, Alberto Migré, Ángel Cabruna y Tía Vicenta, entre otros. En “las 77 caras del 77”, incluyeron a Videla (“un ejemplo de firmeza”), Massera (“la defensa del país”), Agosti (“Directo. Claro. Firme”), Camps (“Actuación destacada contra la subversión”) y Suárez Mason (“Una línea. Un carácter”).

El 1º de junio celebraran la inminente realización de Argentina ‘78 “a pesar del boicot contra el Mundial organizado por terroristas en varias capitales de Europa”. Las denuncias radicadas en el extranjero por violaciones a los derechos humanos fueron uno de los ejes de la línea editorial de Gente bajo el mando de Chiche: en diciembre de 1977 no titubeó en señalar a la “campaña contra la Argentina, orquestada y lanzada por la subversión internacional” como “la vergüenza del año”. Eso sí, destacaron el encuentro que Videla había tenido ese año con su par estadounidense James Carter porque “habló en nombre de un país golpeado por la subversión y víctima de una campaña internacional de desprestigio”, logrando que “desde ese instante, Argentina sea otro país para los ojos del mundo”.

Una vez vencido el enemigo foráneo en ese campeonato, ratificando con el trofeo en mano un modelo de país “derecho y humano”, la lucha pasaba a dirimirse en el terreno interno: una editorial a fines de 1979 anticipaba que “en poco tiempo los argentinos estaremos enfrentados a elegir entre dos países posibles. Uno, el que aún quieren los políticos y sindicalistas, salvo raras excepciones. Otro, esbozado por el presidente Videla en Rosario y valorado por calificados políticos extranjeros en sus recientes visitas.” “Había que estar en un bando o en el otro –le dijo a revista Brando-. Y yo elegí. Nadie me obligó. Era una época en la que todos creíamos estar en guerra, nos habían vendido una guerra y todos la habíamos comprado”, aprovecha para, una vez más, recordar que “adoptamos la misma opción que Clarín y La Nación: nosotros no hicimos nada que ellos no hicieran”.

Sin embargo, la trinchera que ocupaba comenzó a mostrar fisuras y él lo supo a partir de parámetros crueles: “todo estuvo bien mientras mataban a nuestros enemigos. Pero después empezaron a matar a nuestros amigos” le dijo a Noticias Urbanas. Él le anticipó a su colega Jarito Walker que estaba marcado, poco tiempo antes de ser secuestrado el 18 de julio de 1976 en un cine (su cuerpo apareció dinamitado por Pilar tiempo después). También recuerda que le pusieron tres bombas: “la tercera no explotó, y cuando vinieron los expertos de la Policía Federal, apenas la vieron, me dijeron que había sido colocada por “fuerzas propias”, no por la guerrilla. Massera me la quería dar. Hice lo que pude”. Según Chiche, Massera era “el enemigo público número uno de Gente” porque “la Marina decía que al darle tanta trascendencia a los actos de la guerrilla le dábamos chapa al ejército antes que a nada”. El 9 de mayo de 1977 habían presentado una nota con entrevistas a 11 viudas por atentados de la guerrilla (el ex presidente Aramburu, el empresario Oberdán Salustro, varios militares y algunos trabajadores), como “mujeres que también ganaron la guerra”.

Entre sus amistades desaparecidas, señala a Eduardo Sajón (ex vocero del presidente Lanusse) y Helena Holmberg (secretaria de la embajada en Francia y amiga personal de Videla). “Varias veces Vigil me pidió que me fuera del país. Me ofrecía trabajo en una pequeña editorial que Atlántida tenía en España, llamada Cosmos. Una vez me convenció y me fui, pero a los cinco meses regresé”, opinó acerca de su breve exilio. Un periodista al que “le regalé una heladera, ropa y le conseguí laburo en el noticiero del 13” había dicho que se iba del país “para no enfrentar la presencia de un gobierno democrático, hay que ser muy sorete”.

Ese viaje marcó un quiebre en su vínculo con varios colegas: “cuando yo regresé de mi autoexilio armé un proyecto y fui a ver gente que conocía para pedirles apoyo periodístico. El único que me lo brindó de corazón fue Fernando Bravo, a quien siempre le estuve agradecido, en cambio Rolando Hanglin, que trabajó conmigo y a quien salvé más de una vez ante el dueño de la editorial donde trabajábamos no me dio ni la hora y otro tanto hizo Héctor Larrea, a quien fui a ver a radio Rivadavia y me atendió sin sacarse los auriculares, me ignoró”.

De allí en adelante, pulseó con quién le ofreciera fuerza. Moria Casán dijo que era “un traicionero que no juega bien ni tiene códigos” y con Mirtha Legrand protagonizó un largo encono por unas fotos publicadas en Gente que la diva no había autorizado. Luego de firmar una tregua al aire, en su programa “70.20.10, así empezí todo”, Gelblung dijo: “¡yo soy un santo, no me peleo con nadie! Es cierto que cuando me buscan, me encuentran”, aunque luego rompió el armisticio tras llamarla “ingrata”.

Con Palito Ortega la cosa fue más allá de las declaraciones picantes, y el pleito se dirimió en instancias judiciales. Así, Chiche se vio obligado a pagar varias decenas de miles de pesos como resarcimiento por “intromisión en la vida íntima del matrimonio” entre el cantante y Evangelina Salazar.

“Yo me las rebusco dentro de lo que veo, no distingo bien los colores, es una enfermedad que se llama acromatismo. Los confundo, no puedo distinguirlo” reveló, ya en tiempos donde se exhibe como una figura clave en las programaciones del Grupo Clarín. O, cómo le dijo a Newsweek en otras palabras: “me gané el derecho a la impunidad”.

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