Qué será del barco si el capitán pierde el rumbo…

En 2004, mientras jugaba en el Inter de Milán, le encomendó a la Policía la custodia de su familia, que residía en Azul, luego de que un preso develara supuestas intenciones de secuestro. El pedido (que por similares motivos también hizo Emanuel Ginóbili para su parentela en Bahía Blanca) fue ejecutado por el Ministerio de Seguridad de la Pcia. de Buenos Aires. Y, ahí sí, todos contentos.

Siete años más tarde, Matías Almeyda se dejó exceder por sus ínfulas caudillescas besándose su camiseta de River de cara a miles de hinchas de Boca y agrediendo a dos oficiales de la misma fuerza que siete años años lo había socorrido en sus angustias y temores. Oficiales que lo escoltaron y lo escudaron hacia la boca del túnel porque esa es la orden que reciben, al margen de cuan eficaces sean para cumplir otras que también les corresponden y, a veces, omiten.

Opiniones al margen, hay una cifra ineludible: 183, que son los muertos por violencia en el fútbol desde Oscar Munitoli y Luis López en 1939, hasta Ramón Aramayo en marzo pasado (aunque podrán ser 254 si el estadístico incluye los 71  fallecidos en la tragedia de la Puerta 12). Cifra que Almeyda debería tener presente a la hora de repensar que sus responsabilidades como capitán y líder de grupo no se ciñen únicamente a defender a un compañero novato de las agresiones físicas y verbales de los rivales o a recomponer un vestuario díscolo y desordenado.

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