En el nombre del padre

En un esfuerzo denonado por seguirse pareciendo a su padre, Ricardo Alfonsín se alía con lo más rancio del peronismo para que su partido no siga perdiendo consideración popular, tal como supo hacer Raúl con Menem y el PJ de los ’90 en tiempos del Pacto Olivos.

Así, el duro pragmatismo cede ante la posibilidad de ofrecerle a la UCR un piso electoral inédito en la última década y media cerrando un trato con el único canditato que puede asegurarle una digna performance en la provincia de Buenos Aires. Incómodos tamangos que Alfonsín padre supo calzar cuando tuvo que aceptar negociar una reforma constitucional (en el departamento de Dante Caputo para los íntimos, luego en la quinta de Olivos para las cámaras) solo para que su partido no se quedara afuera de una discusión urgente e ineludible. Y que, a la larga, supo darle los frutos de la cosecha tardía: la inclusión de un tercer senador por provincia le permitió a Raúl ingresar a la cámara baja del Congreso en 2001, cuando su lista escoltó a la protagonizada por Eduardo Duhalde.

Rivales en las legislativas bonaerenses del 2009 (Francisco De Narváez encabezó la lista que venció a Kirchner y Ricardo Alfonsín cerró el podio por debajo de ambos), hoy ambos sellan un pacto que margina la participación en este frente de Hermes Binner y Margarita Stolbizer, otrora ladera de Junior en la trinchera que dos años atrás los enfrentaba con el kirchnerismo bonaerense y, por supuesto, con el por entonces aliado de Mauricio Macri y Felipe Solá.

El celestino de este romance de verano electoral, dicen, es Leopoldo Moreau. Algunos radicales bonaerenses aún recuerdan con simpatía cuando De Narváez le donó al Comité un Dodge Polara que había pertenecido a Ricardo Balbín. Gesto que da cuenta de su amable generosiodad, o bien de que sus tácticas de conquista se mantienen indemnes al óxido del tiempo: él fue quien, a punta de chequera, dijo que “ojalá la plata fuese nuestro problema” cuando hasta los más ortodoxos fogoneros de la campaña Menem 2003 aconsejaban renunciar al balottage arguyendo falta de fondos para encarar la disputa final con Néstor Kirchner.

“Hay veces que tenemos que tomar las decisiones difíciles, no siempre son claras y hay quienes están convencidos de que tal o cual decisión es la correcta pero desisten por temor a pagar costos políticos” arengó Alfonsín en el primer evento público que reunió a los flamantes enamorados. Con el paraguas ya abierto, barruntó que “un político de raza jamás deja de hacer lo que tiene que hacer por temor”, haciendo chapa de un extraño pedrigree que sigue alimentando a todos aquellos que lo siguen llamando Ricardito no tanto por ser el Junior de la dinastía sino, más bien, por los alarmantes síntomas de inmadurez política que varios de sus correligionarios hoy día le siguen atribuyendo con el mismo temor que aquel supone campear.

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