Una picazón en el ombligo del mundo

A uno no le queda claro si será testigo de lo que los enciclopedistas llamarán historia dentro de cien años o si, en realidad, la historia es un recuerdo de memorias que la humanidad echa a mano en tiempo presente para sentirse menos miserable.

Sin embargo, sucede que llegan novedades desde el mundo árabe -un lugar que la mala prensa mundial ha convertido en incitador de malas noticias- hablando de unas revueltas masivas, primero en Túnez y Argelia, luego en todo el norte africano y, finalmente, en medio oriente, alimentándose como un quiste incluso en lugar impensados, como Siria o Irán.

Fue en enero que toda esa rebarba de países al centro del mundo comenzó a eruptar revueltas callejeras, represiones descomunales y gobiernos discutidos. Gobiernos de años, de décadas, de elecciones fraudulentas y de corrupción. A Hosni Mubarak le decían “El último faraón”, y no porque tuviese que ver con el linaje de Alejandro Magno, Ramsés II o Tutankamon. Su mano de hierro para regir los destinos de Egipto durante 30 años le permitieron, entre otras cosas, acaudalar casi 500 millones de dólares desparramados en distintos bancos del mismo mundo que ahora celebra su caída. Los ejemplos siguen, y todos reflejan a saqueadores infames que Alí Babá y los otros cuarenta árabes hubiesen exonerado de su cueva por inmorales.

Absolutismos de los más crueles se apropiaron de las casas de gobierno a punta de ballesta para rifar sus codiciados recursos naturales entre los mismos países que habían expulsado en sus guerras de independencia. La crisis del 2008 fue una puñalada insalvable para el mundo árabe, que incorporó a su estadística de ese año unos nuevos 40 millones de pobres. Los años de corruptelas descaradas y la biología hicieron el resto: de golpe, miles de africanos y de asiáticos comenzaron a discutirle la legitimidad a esos viejos adictos del poder que usaban el Corán para anotar sus resúmenes de cuentas.

Fue en enero. Uno tras otro, todos los países, muchas personas en las calles de muchas ciudades, policías, refriegas, sangre, muertes, protestas, conquistas. Hombres audaces y mujeres un tanto más que estos, ya que, además, estaban trasgrediendo mandatos culturales de sumisión de género. Y, ante la censura y el silencio oficial, las redes sociales como novedosas y eficaces trincheras de resistencia. Miles de videos dispersados por Facebook, Twitter, YouTube, blogs de Blogger y WordPress y Facebook daban cuenta de cómo miles de jóvenes salían a enfrentarse con el pesado garrote de la policía árabe en unas afrentas cinematográficas.

El relato era increíble. ¿Esto es lo que los enciclopedistas de un milenio perdido en el tiempo llamarán historia? Pasados los meses, aún perdura un calor de esas brasas, ahí a la altura de Yemén, solo porque el dictador Ali Abdullah Saleh es un campeón de la luchaantiterrorista y de esa manera Estados Unidos juega al distraído para no intervenir. Entonces la gente sale a la calle, pese a que todo el aparato policial y represivo del estado se lo impide permanentemente. En las revueltas se entremezclan jóvenes sin referencias políticas ni religiosas, pero también chiitas que combaten a Saleh por su condición zaidí.

Los árabes parecían reclamar dignidad y no tanto más: casi todas las protestas pedían, simplemente, una reforma constitucional. No hubo un interés extendido entre los revoltosos de tomar el poder, algo que sucede frecuentemente en experiencias similares. Apenas el modesto pedido de establecer reglas que normalizaran y dotaran de seriedad la vida institucional de sus países. Por supuesto, estos argumentos jamás conmovieron a las potencias occidentales, preocupadas en verdad por los millonarios intereses que comenzaban a ponerse en riesgo.

Así, según la ocasión, Estados Unidos y la OTAN fueron acomodando el discurso conforme el país en cuestión era aliado, enemigo, socio comercial o un pescado viejo que convenía desechar.  Libia es una mancha amarilla en el mapa: desoladas arenas desérticas ocupan el 90% de todo su territorio. La inocencia poética se pierde debajo de ellas, donde yacen galones y galones de petróleo. Su presidente, Muamar el Gadafi, es un enemigo estadounidense de largas décadas que tomó el poder en 1969 pretendiendo ser el Che Guevara del panarabismo y finalmente se convirtió en un rufián que mandó tropas a guerras ajenas, ocupó países vecinos y regiones que no le pertenecían, sojuzgó a todos sus opositores y bartoleó las riquezas nacionales en la timba de los poderes mundiales.

Tras las protestas sociales y la dura represión de Gadafi (se estiman 4 mil muertos y casi 2 mil desaparecidos en un país de apenas 6 millones de habitantes), los aliados del imperio militar más grande del planeta respondieron muerte con más muerte bombardeando objetivos libios tras forzar una resolución de la ONU al respecto. Invocaron la defensa de  la democracia y de los reclamos populares como motivos excluyentes de las operaciones, aunque por otra parte no tuvieron el mismo tino en el resto de la región. Por caso, en Siria, donde el rebenque de Bashar al-Assad distrae reclamos con cicatrices, y sin embargo la estrategia de Estados Unidos y la OTAN, esta vez, es dejar que el presidente se debilite solo, a través de las revueltas internas.

En Túnez o Egipto, los dos únicos países que lograron la dimisión de sus presidentes, la épica se diluye conforme descubren que sus sustitutos pertenecen al mismo espacio político que los había sometido durante tanto tiempo. El inminente proceso electoral en ambos países, lejos de ser motivo de alegre reivindicación democrática, fatiga como un reloj de arena que aplasta a las buenas intenciones. “No hay tiempo”, dicen las buenas voluntades, y tienen razón. Transformar un país, administrarlo, refundar la cultura institucional y cambiar las reglas del juego no es algo para lo que el mundo árabe esté dispuesto a materializar en los pocos meses que los separan de las urnas.

Aquellas voluntades que tan románticamente pusieron su cuerpo en las calles del Magreb y medio oriente con mucho fastidio y poco miedo parecen haber quedado congeladas en las fotos que, durante principios de año, las agencias de noticias repartían en las redacciones del mundo. Unas fotos espantosas donde podía verse una porra policial enterrándose en la cabeza de un nene de 8 años, mujeres arrastradas de los pelos por fuerzas militares o al dictador Zine Ben Ali contemplando a Mohamed Bouzazi cubierto en gasas como una momia, aquel vendedor de frutas tunecino que se incineró en señal de protesta y, sin pensarlo, alentó la ola de protestas en la región. Fotos de un tiempo que alguna vez será lejano, o no, eso dependerá de cuánto habrá contribuido finalmente todo este barullo en una causa que nuevamente vuelve a parecer imposible. Al menos ahora, que las utopías se debaten seriamente abdicar ante el pragmatismo de lo inevitable: detrás del poder, hay más poder. Es como sortear una sepultura de arena escarbando hacia arriba. La arena cambia de lugar, se reacomoda, el aire nunca aparece y es imposible escapar.

Sin embargo, hay remedo en la angustia por asistir a la degradación inevitable de nuestra civilización sin poder hacer demasiado al respecto. Así sea que todo vuelva a la espantosa normalidad de las tiranías árabes, una alarma en el ombligo del mundo reivindica por un momento las zonzas esperanzas de quiénes aún creen que, en el fondo, el ser humano no es tan solo un cretino que se devora el mundo solo para demostrarle que es más importante -incluso- que él. Es un zumbido fugaz que a su paso calla las discusiones, frena las balas, reconcilia los odios  y crea esa sensación orgásmica de que en verdad sí somos lo más importante porque, finalmente, logramos todo eso.

Así haya sido un instante irrepetible, una chispa por sí sola también da calor y aviva el fuego.

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