Por las huellas del Che


Antes de convertirse en un emblema mundial de rebeldía y libertad, Ernesto Guevara escogió Villa Gesell como primera escala de su legendario viaje en motocicleta por Latinoamérica. Fueron siete días, durante el verano de 1952. Mitos, leyendas y certezas, a 50 años de su visita.

 “La luna llena se recorta sobre el mar y cubre de reflejos plateados las olas. Sentados sobre una duna, miramos el continuo vaivén con distintos ánimos: para mí, fue siempre el mar un confidente, un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado, y que da el mejor de los consejos: un ruido cuyo significado cada uno interpretada como puede”, escribió de cara a la inmensidad del Océano Atlántico, con la arrogancia de su pluma, su sensibilidad y el médano que lo ungía sobre el Mar Argentino. Todavía faltaba un tirón para que se convirtiera en médico de leprosario, guerrillero de Sierra Maestra, artífice de la Revolución Cubana o fogonero del marxismo en el nuevo continente. Siete años antes de que el prisma de la historia lo canonizara como el Che, a secas, Ernesto Guevara era tan solo un rosarino arriesgado que se había lanzado a la aventura de recorrer América Latina junto a su amigo Alberto Granado a bordo de una moto Norton de 500 cc.

El escrito está fechado en enero de 1952 y fue publicado años más tarde en “Mi primer gran viaje”, compendio de los diarios personales que Guevara escribió durante su primer periplo latinoamericano, extendido hacia Chile, Perú, Brasil, Colombia y Venezuela (con una escala final en Miami, aunque en avión, naturalmente) y que sirvió como fuente inspiradora de la película “Diarios de motocicleta”.

Granado era bioquímico y estaba por cumplir treinta años; Guevara tenía siete menos y aún le faltaban once materias para recibirce de médico. Laborales o académicos, ambos interrumpieron sus compromisos el 29 de diciembre de 1951, fecha en la que partieron desde la localidad cordobesa de San Francisco. Gesell fue escogida como la primera parada de rigor por un motivo inmejorable: los tíos de Ernesto estaban veraneando en una casita sobre la avenida 7, casi llegando al paseo 107 (la única construcción en toda la manzana) y eso les aseguraba alojamiento y comida al cabo de más de mil kilómetros de viaje en moto.

Fueron siete días (entre el 6 y el 12 de enero) durante los cuales ambos amigos rastrillaron en vano las playas locales procurando comprobar si era cierto aquello de que arreciaban almejas por la zona. La Villa, que se insinuaría como destino turístico recién en la década siguiente, no ofrecía demasiadas alternativas de ocio y esparcimiento para dos jóvenes aventureros como lo eran ellos en esos tiempos y en los que los siguieron, así que solo se trató de una estada destinada a relajarse y recargar la pila con lo mejor que tenía para ofrecer la naturaleza costera de un lugar que anexaba a sus playas la rareza de bosques de coníferas.

El tiempo y la inventiva popular fueron agregando nuevos colores y creencias improbables. Las más mentada es aquella que indica al Che como el primer nudista que se avistó por estas arenas; otra, menos rimbombante, habla de un encuentro entre aquel y Carlos Gesell, el fundador de la Villa. El propio Alberto Granado, que accedió a una invitación por los 45 años de aquella visita y regresó a Gesell en enero de 1997 para ofrecer una charla ante más de 300 personas, rebatió ambas suspicacias. A cambio, devolvió una certeza que honra la memoria y reacomoda la historia en su lugar: fue en Villa Gesell y no en otro lado donde pudo conocer el mar, episodio sublime en la vida de quienes aceptan ser convidados por las experiencias infinitas de la vida.

“¡Por fin conocí el mar! Y tal como quería verlo: de noche y a la luz de la luna. Estoy frente al inmenso Atlántico, recostado en las dunas, mirando la playa y las olas. Rememoro lo acaecido en estos días. Solo han pasado nueve días y ya lo recorrido, conocido y padecido me dan una base material para decirme a mí mismo lo maravilloso e importante que va a ser para nosotros, en nuestra formación futura, este –hasta hace poco hipotético- viaje”, se animó a advertir Granado el 6 de enero de 1952 en su propia bitácora de viaje, editada bajo el nombre de “Con el Che por Sudamérica”.

Una ordenanza aprobada por el Concejo Deliberante en 1997 y promulgada por la Municipalidad en el mismo año declaró de interés turístico y cultural la zona en la que Guevara y Granado moraron durante esa estancia, de la que hoy se evoca medio siglo de transcurso tan anónimo y silencioso como el rumor del mar que todo lo atestigua desde aquel entonces.

(Publicado en el Semanario El Fundador de Villa Gesell)

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