Un día como ayer

En los pueblos antiguos, la guerra determinaba muy claramente para qué estaban hechas las sociedades y los hombres que las integraban. Muchos aparatos estatales (aún en tiempos donde el estado no era concebido como tal) dependían casi exclusivamente de los propósitos y los pronósticos bélicos que el gobierno de turno determinara, postergando recién para siglos posteriores intereses hoy mayúsculos como, por ejemplo, la salud y la educación.

La instrucción cívica de esos tiempos era el adoctrinamiento militar: en cualquier momento podía invadirse o ser invadido y, sencillamente, había que estar preparado para eso. No existían Plenarios de la ONU, ni Pactos de Varsovia, ni Rondas de Doha ni todos aquellos lugares en los que hombres de saco y corbata juegan a arreglar el mismo mundo que sus propios países se empecinarán en seguir descomponiendo. El único acuerdo posible entre dos partes era cuando una de ellas ofrecía la rendición y la otra aceptaba. Apenas unos instantes de cese de fuego y calma, acaso un respiro entre chorreras de sangre, pólvora y horror y… más chorreras de sangre, pólvora y horror.

El curso de la historia fue poniendo en evidencia la brutalidad de las gestas bélicas y lo absurdo de los motivos que las argumentan. Por más noble que parezca (si es que cabe nobleza donde suena una bala) cualquier razón estará viciada de nulidad si se la blande a punta de ballesta. Desde luego,  está concesión literaria no ha logrado conmover demasiado a aquellos estados que, aun comprometiéndose una y otra vez al desarme, siguen destinando generosas porciones de sus presupuestos para mantener e, incluso, incrementar sus monumentales arsenales de sometimiento y muerte.

En la constelación universal de guerras y batallas, Malvinas significó apenas un accidente de meses entre una de las más vigorosas potenciales militares y un país que perdió inapelablemente, acaso porque jamás notó toda de aquello. Para nuestra historia doméstica, sin embargo, el conflicto constituye apenas el único antecedente bélico de fuste (algo de lo que pocos países podrán enorgullecerse), siempre y cuando convengamos desestimar la vergonzosa guerra que nuestro país asumió junto a Brasil y Uruguay en contra del Paraguay hace poco más de siglo y medio.

En ese sentido, cada 2 de abril Argentina hecha mano a su memoria emotiva para reivindicar un reclamo geopolítico que encuentra obviedad en un vasto arco que va desde el derecho internacional hasta el sentido común, áreas que desde luego jamás atenderá un imperio que penetra el siglo XXI con las mismas lógicas colonialistas del medioevo. En simultáneo, una cohorte de recuerdos y testimonios traen al recuerdo un mausoleo del horror que trae como novedad, en este trigésimo aniversario, la inédita atención a los reclamos de aquellos que no quieren el bronce de los héroes, sino la piedad de las víctimas.

Como si se tratara de una nueva batalla, muchos ex combatientes encararon una lucha continental tras la lucha insular: la de lograr, en su propio país, curso judicial a sus denuncias por los vejámenes que sus propios superiores les cometieron, entre los que se enumeran sometimientos de los más abominables. Así, tras treinta años, la Corte Suprema brindó un guiño histórico para sobrepasar insólitos tabúes que giraban sobre Malvinas, fundamentalmente aquellos que impedían revisar comportamientos, responsabilidades y merecimientos en la propia tropa. Algo que, desde luego, no logrará remedar el dolor de la sociedad y de sus hombres, pero al menos convertirá a la fecha en un recuerdo más afín a tiempos en donde una guerra solo debería ser evocada para exhibir cuán absurda resulta ser la naturaleza humana.

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