Una década de Pro Evolution Soccer

Desde la invención de los naipes, probablemente muy pocos pasatiempos lúdicos lograron atravesar tan horizontalmente a la humanidad como lo hizo y lo hace este videojuego. Es que no sólo se trata del simulador de fútbol más real y apasionante que jamás se haya inventado para cualquier consola. Es el nuevo paradigma del fútbol. Ni más, ni menos: jugar bien al Pro Evolution Soccer se valora tanto como hacer 100 jueguitos seguidos con una pelota o tirar la bicicleta de Cristiano Ronaldo en un picadito informal. ¡Si hasta los jugadores reales se baten a duelo manejándose a sí mismos con un control analógico!

Cuando Konami tiró a la cancha la primera versión de la saga, en 2001, marcó una ruptura clave en la relación jugador-fanático. A través de un joystick, los astros bajaron de los posters y se acercaron como nunca a través de un realismo mágico. Ya no se trataba de armar un equipo y hacer más goles que el contrario: ahora había que entender el potencial individual de cada jugador y hacerlo rendir en un sistema táctico afín a sus condiciones y aplicable según el rival lo permita. Por ese camino andaba EA Sports, cuando comenzó con su saga FIFA, originalmente para Mega Drive y Super Nintendo, en 1993, aunque en todos esos años no había logrado (ni siquiera con licencias exclusivas sobre nombres de equipos, selecciones y futbolistas) lo que el primer Winning Eleven con ese inolvidable repiqueteo de Roberto Carlos antes de sus tiros libres, que los fanáticos de la primera hora recordarán.

Nunca antes los jugadores habían sido tan reales, y poder manejarlos a gusto era demasiado para un planeta marcado por el fútbol. Su práctica se popularizó hasta en los terrenos más impensados para un videojuego. ¿O acaso alguien se imagina a Angelina Jolie limándola horas con alguna de las diez versiones de Tomb Raider? Sin embargo, Lionel Messi y el Kun Agüero juegan con una seriedad casi profesional su Barcelona-Atlético de Madrid virtual cada vez que comparten convocatoria en la Selección.

Riquelme y otros contemporáneos pusieron el grito en el cielo porque la nueva generación de futbolistas prefiere quemar las horas de las concentraciones meta PlayStation en lugar de mirar los partidos reales de sus futuros rivales. Y pensar que alguna vez Claudio Caniggia y Pedro Troglio se perdieron de ser titulares en el (in)olvidable partido ante Camerún después de que Bilardo los pescara trasnochando con el Mario Bros, pocos días antes del debut en Italia ‘90. Los tiempos cambiaron, claro que sí. La pelota aún no se mancha, ni se desvirtúa. A lo sumo se virtualiza. Y mientras los dinosaurios de la FIFA siguen mirando con recelo la incorporación de nuevas tecnologías, del otro lado de la pantalla se generan fanatismos bidimensionales y apócrifos a través de una realidad digital, inmediata y fugaz. Todo se define en diez minutos. A matar o morir, y el ganador queda en cancha.

(De esta nota)

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