Agostina Sorich, dos años después

Dicen que su familia se enteró el lunes, por boca de una compañera del colegio.   Esta tarde, cuando la chica llamó para pasarle la tarea, sus padres descubrieron que Agostina que no había ido a la escuela. Sorprendidos, llamaron a lo de una tía donde se suponía que estaba desde el viernes.

Pero no. No estaba ahí ni en ninguno de los otros lados donde podría encontrarse. Agostina Sorich se despidió de sus padres aquel día y se fue de su modesta casa del barrio Monte Rincón rumbo al destino incierto de los misterios indescifrables. Sin dejar rastro alguno, simplemente se extinguió. Dejó de ser. Para ella, su familia y sus amigas, también para la ley, que a dos años de su desaparición sigue acuñando la caratula de “averiguación de paradero” en un expediente ocioso que solo acumuló  datos vagos y lugares comunes.

Como todo acontecimiento de esta naturaleza, poco tardó la comunidad en conmoverse con el extraño caso de la chica de 12 años. Distintas marchas y convocatorias pusieron en relieve la gravedad del asunto, aunque extrañamente sin la anuencia explícita de los padres de Agostina, quienes fueron recibidos en la Municipalidad recién cuatro meses más tarde.

Organizaciones de todo tipo comenzaron a intrigarse por el caso. En la conferencia de prensa que los actores Ricardo Darín y Facundo Arana ofrecieron como voluntarios de Red Solidaria tras la desaparición de Candela Rodríguez, aparecía en importante plano una fotografía de Agostina. En simultáneo, Missing Children la sumó a su padrón de 495 menores de edad extraviados y también tomó nota La Alameda, ONG que trabaja para combatir la trata de personas.

Necesitada de testimoniar algún avance que honrara su autoridad, una de las autoridades policiales más importantes del caso hizo hincapié en los movimientos que la cuenta de Agostina había registrado en los días posteriores a su desaparición. Poco después, circuló una extraña versión que indicaba haberla visto tomando colectivos locales en varias oportunidades, como si acaso fuera un espectro errando entre los servicios de la línea 504.

Un comisario local reflexionó que buscaban a “una chica que no sabemos si quiere aparecer”, inspirado tal vez en el mismo beneficio de la duda que muchos aplicaron sobre su accionar y de los colegas que intervinieron en una investigación que más bien pareció reposar sobre los estrados judiciales a la espera de que las pruebas llegaran a domicilio, como si se tratara de un absurdo delivery legal.

La etapa de instrucción arrojó material digno de una tragicomedia. Nunca se bloquearon las tantas salidas que Villa Gesell ofreció a la ruta durante los días posteriores a su desaparición ni tampoco pidieron su búsqueda en los pasos a países limítrofes, decisiones fundamentales que tomaría cualquier tipo que haya leído dos cuentos de Edgard Allan Poe en su vida o, más fácil aún, que no descarte el secuestro o la trata de personas como móviles de la desaparición.

Los esmeros se concentraron en tardíos rastrillajes que solo dejaron la arena removida de su atildado paso por zonas que ya no estaban dispuestas a revelar sus secretos. Como en un capítulo mediocre de Los Tres Chiflados, los policías le preguntaban por dónde pudo haber andado a los mismos vecinos que habían declarado no verla… y así, clavaban la pala, buscaban pruebas y analizaban datos que por supuesto jamás aparecieron.

El estado trastabilló una y otra vez en un camino que él mismo se minó a través de todas sus deficiencias operativas. Todos los actores de que alguna forma u otra intervinieron en la investigación solo contribuyeron a mancar el largo brazo de la ley. Ni siquiera hubo en las autoridades un intento de apropiación simbólica del hecho, ruin estrategia de barata politiquería a la que muchos apelan conteniendo a los familiares y dando la cara por el estado que falló, pero que en última instancia les recobra cierta dignidad institucional que evidentemente han perdido.

Los casos se resuelven con investigación judicial y por decisión política, que no son otra cosa que las dos caras de una moneda que nunca comenzó a girar. Por eso nunca se encontró un rastro. Nada, jamás. Varios siguen empecinados en creer que una pibita de 12 años urdió un fabuloso plan para abandonar su naturaleza sin despedirse de nadie, extraviándose de esa forma en los dominios de lo inabarcable. Nuevas marchas y multitudinarias convocatorias a través de redes sociales revuelven el recuerdo latente de aquel absurdo, dejando a su tránsito la letanía de sus pasos perdidos y un tímido murmullo que pretende resonar en la conciencia moral de quienes aún no se reconocen en deuda.

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