Postales desde el fuego

Para cualquier argentino, la guerra es el triste recuerdo de una memoria emotiva que hurga entre sus miserias para tratar de comprender lo incomprensible: cómo es que se fue a chocar de cabeza ante la potencia militar más grande de la historia de la humanidad. En Malvinas se mezclan las mieles épicas de las proclamas soberanas (que, en definitiva, forman parte de cualquier relato bélico, sea el bando que sea) con el agrio sabor de un ridículo que podría haberse evitado, aunque más no sea por mero sentido de dignidad. Conscriptos de 18 años convocados de apuro, sin instrucción ni armamento adecuado, para ser confinados en trincheras (los “pozos de zorro”) donde lo mismo los esperaban el cañoñazo de un británico, la crueldad de un superior, un estaqueo a la intemperie, el hambre, el frío o el olvido.

La ventaja de naciones jóvenes como la nuestra es que no arrastran odios milenarios con ningún país vecino (y por eso tendremos una deuda eterna con el Paraguay, quien día a día decide ignorar amablemente la vergüenza que nos pesa por esa guerra infame pensada por Mitre y Sarmiento y apoyada por Brasil y Uruguay). Por supuesto, tenemos otros motivos para alimentar nuestros odios cotidianos: un equipo de fútbol, doblar sin poner el guiño, colarse en la fila del supermercado y otras estupideces que nos exponen cotidianamente a nuestras imbecilidades más humanas.

Pero la guerra es la guerra, y nunca será lo mismo putearse con el de la ventanilla de al lado que arrojar un misil segundos antes de que acaben vidas, tal vez inocentes, tal vez indecentes. Mi experiencia en el conflicto entre Israel y Palestina fue de pura casualidad. Yo estaba caminando por una playa, arrastrando las chancletas, y de golpe me ví corriendo al lado de gente que no conocía, buscando un refugio y escuchando gritos de desesperación mientras en el aire un misil israelí, de financiamiento norteamericano, perseguía a otro palestino, de financiamiento iraní, para juntos morir en un estallido que iluminaba el cielo de fuego y dejaba la estela de un zumbido que desaparecía lentamente.

A partir de ese momento, se terminaron mis vacaciones.

Tel Aviv fue, para mí, la muestra de un espectáculo tan triste como impresionante: el cine ha logrado hacer de la guerra un gran circo, en donde nos interesan más los petardos que la sangre que corre a su paso, y yo, honestamente, prefería ver los cohetes volar por el aire antes de esconderme en un sótano donde solo se olía el húmedo sabor de los miedos colectivos. En Jerusalén, ya superado el intercambio de misiles, me tocó comprobar el odio centenario que atraviesa a israelíes y palestinos. La ciudad es compartida por ambos, aunque el verbo ‘compartir’ solo es por cortesía: ambos pueblos se pelean por esas colinas llenas de piedras ya desde la Biblia misma.

El día que se firmó la tregua no estaba yo en ninguna de las dos ciudades, sino en Kefar Giladi, un pequeño pueblo al norte, cerca de la frontera, donde a la misma hora, curiosamente, Israel le mandaba de regalo un misil a Siria después de que este país, en aparente error, tirara algunos proyectiles como resabio de la cruel guerra civil que allí se produce desde el año pasado. Me acuerdo que escribí la nota cerca de la medianoche, después del anuncio de paz, y tal fue mi movilización que, cuando la terminé, me puse a llorar. Al otro día se reanudaron los recelos y me sentí un estúpido. La guerra y la paz son conceptos demasiado inabarcables para el entendimiento humano, completamente ajenos a nuestros sentimientos modestos, limitados e inabarcables.


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4 Respuestas a “Postales desde el fuego

  1. Difisil será definir los porque de las guerras y de la Paz en la medida que no se sepa con certeza la causa de cada una de ellas.

  2. No existe guerra salvo que la meta sea salvar vidas!! Ya que suena a contrapunto, se debate: yo armo la guerra si amenazan las vidas de los míos, y así la humanidad.. pero las guerras solo se alzan por ser amenazados los poderes , esos lugares que el imaginario dispone cual salvador a quien lo ocupe.., una pena.. Si hay un motivo, pues ya lo dije.
    Lo demás no vale nada!!
    Para algunos psicópatas y xq no psicóticos.. es lo único , su propio delirio de omnipresencia llevado a cabo.

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