Cámara Gesell: de la luz hacia lo oscuro, o viceversa

Cámara Gesell

“¿Qué te pareció el libro?”, me preguntaron algunos. Lo mismo le sucedió a otros geselinos. Por varios motivos (su autor, su propuesta y la editorial que lo editó), “Cámara Gesell” no sólo es uno de los lanzamientos más relevantes de la literatura argentina actual; también supone una serie de interrogantes que intrigan a quienes lo leyeron o, al menos, saben de qué trata.

Después experiencias con notable suceso (“El oficinista” y “Un maestro”, las dos últimas, recibieron distintos premios), Guillermo Saccomanno asumió una propuesta audaz para su última novela, que confesó haberla construido con un paciente trabajo de recopilación sensitiva. “Preferiría que me digan que esta novela está mejor escuchada que escrita”, le dijo el escritor a Página/12, el diario que hace veinte años le había publicado una serie de notas sobre la ciudad, luego remasterizadas en “El Viejo Gesell”. A diferencia de aquel lejano libro, donde transitaba con ciertas licencias los carriles de la historia oficial que la ciudad siempre pretendió instalar (el mito fundante de don Carlos creando una ciudad en las arenas de un sobrante fiscal), esta vez la apuesta fue recorrer la nervadura íntima de un pueblo que habita desde hace casi tres décadas. Una mirada microscópica que hurga en rincones, secretos y hábitos que exhiben las virtudes y las miserias de la temporada baja, ese terreno inescrutable por quienes conocen sólo la versión turística y estival de cualquier ciudad balnearia.

La tarea pareció encaminarse escuchando historias, mitos y rumores, descubriendo personas y personajes, tendiendo lazos entre unos y otros y componiendo un entramado radiográfico al que la ficción pretende expropiarle el carácter localista que el relato pareciera ostentar de antemano. No es que se desatiendan los guiños y referencias de la realidad a la que se alude (al fin de cuentas, éstas abundan y son inevitables), pero la pulsión ficcional intensifica cada recorte y lo lleva más allá de cualquier semejanza con la realidad.

Subyace de este modo un significado adicional, homologable a la especie humana en su conjunto, en tanto esta es portadora de todas y cada una de las urgentes inquietudes existenciales, filosóficas y escatológicas que hacen a la espesura narrativa de la novela.

Una infinidad de personajes (tal vez doscientes, quizás más) van y vienen, se relacionan entre sí, se alían, se traicionan, se matan o se suicidan, reaparecen en el recuerdo y murmuran en un coro que parece decirnos lo mismo: nada de lo que sucede, ni siquiera lo más ínfimo e irrelevante (en este libro, en esta vida), opera de relleno o por obra de la casualidad. Toda voz denota una psicología compleja, patrimonio que lo mismo le pertenece al cura que oye confesiones inquietantes, al médico abortero que no puede tener hijos, al boxeador que no tolera una derrota o al ciego que advierte aquello que no ven los videntes. Un libro bien escuchado, aspira Saccomanno, pero a la vez bien leído. Porque el autor pone en la parrilla todo un bagaje cultural e intelectual donde conversan pensadores, compositores, poetas y escritores, con una clara influencia de la Divina Comedia. Las más de 500 páginas proponen un paseo por un infierno dantesco, sólo en función de arribar a un final de esperanza donde el Empíreo es sustituido por un cielo lleno de fuegos artificiales, evento tradicional con el que Villa Gesell inaugura oficialmente, a fines de diciembre, cada temporada de verano. Los destellos celestiales, en una y otra obra, operan como instancia redentora. La oscuridad sólo es probable en la ausencia total de luz, algo conceptualmente figurable pero científicamente imposible. Como el viento, que solo puede percibirse a través de los efectos que causa en la materia.

“Cámara Gesell” causó mucho revuelo en la ciudad, sobre todo entre quienes de algún modo u otro se sintieron reflejados, provocados o deschavados. Los que lo leyeron buscan experiencias similares entre los vecinos, pero no en voz muy alta. Lo refleja una frase que oí repetir: “es un libro que se lee en Gesell pero que se compra en Mar del Plata”.

Y los que no son geselinos no se pueden resistir. Y preguntan. Si existen el bar Moby Dick y el cabaret Tropicana, si el poderoso Alejo le dice al periodista Dante qué debe publicar y qué debe omitir en el diario El Vocero, si las familias Reyes y Vicuña se disputan el dominio del hampa con una prepotencia impune, si hubo abusos en un colegio llamado Nuestra Señora, si es cierto que el hijo de un Intendente murió mutilado y sus pedazos fueron velados en bolsas de consorcio, y si es tal cual que las cloacas vomitan tsunamis de mierda en las calles por culpa de la corrupción política. Eso puede ser cierto en Gesell o en cualquier otro lugar: no hace falta descender a los fuegos avernales para encontrar aquello que abunda a la vuelta de la esquina.

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