Alejandro Dolina: “Tuve suerte con el público, pero nunca logré un éxito”

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El autor de “Crónicas del Angel Gris” tiene dos motivos para festejar: su primera novela, “Cartas marcadas”, acaba de ganar el Premio del Lector de la Feria del Libro, y su legendario programa radial “La venganza será terrible” está cumpliendo veinte años en el dial.

Por Juan Ignacio Provéndola
(Publicado en Página/12)

Todo comenzó como un desafío personal: Adolfo Castelo se había planeado convencer a Alejandro Dolina de aceptar la exótica propuesta de AM El Mundo. Ambos se habían hecho amigos en 1974 a través de Plin caja, un programa producido por Castelo que significó el debut radial de Dolina (y del Sordo Gancé, una de sus creaciones fundamentales, todavía vigente). El medio volvió a unirlos los sábados a la mañana de 1977 en Claves para bajar de la cama, con un staff que incluía a Fernando Salas y Federico Bedrune, espadas fundamentales en el cambio del paradigma de un humor radiofónico que buscaba aflojarse el rígido corset del libreto irrestricto a través del flirteo con la improvisación, el sarcasmo, la utilización de personajes delirantes y la ridiculización de situaciones cotidianas. “Un humor que al oyente le hace decir: ‘¡Mirá lo que dice este tipo, qué hijo de puta!’”, graficó Castelo alguna vez.

La propuesta en cuestión que le habían hecho en aquel 1985 no variaba del formato ya transitado, exceptuando un detalle: el horario. “Nos ofrecieron la medianoche, que era una franja de exilio y desolación: cuando se perdían las esperanzas en un programa lo confinaban a esa hora, que era peor que no existir. No tenía fe ni en el horario ni en el programa; con mucha suerte, nos escucharían nuestros familiares, si es que antes no se quedaban dormidos”, recuerda Dolina. Para convencerlo, Castelo le propuso probar un mes para ver qué sucedía. “Y tuvo razón –reconoce–. No se levantó una gran polvareda, pero al menos recogimos alguna luz de respuesta y fuimos encontrando una forma adecuada de discurso, de relato y de forma artística. Entonces me quedé. Y aquí estamos, todavía.”

Hasta ese entonces, Dolina había trabajado como redactor publicitario en la Editorial Atlántida (“Recuerdos de papel que se volaron al primer viento”, cuenta sin contar) y venía de un tránsito intenso por la gráfica a través de las revistas Satiricón y Humor, donde, se sabe, insinuó los textos que más adelante compondrían las Crónicas del Angel Gris. Aun no había iniciado su camino en la literatura y la radio era tan sólo un escenario de experiencias breves y sinsabores: sólo acumulaba proyectos rechazados, tal como le sucedería luego en televisión.

La sociedad con Castelo y la novedad que proponía el programa Demasiado tarde para lágrimas le aseguraron una continuidad laboral que no alcanzaría con ninguna de sus otras expresiones artísticas (entre las que también debemos señalar la música y el teatro). Sombras chinescas por radio (¡!), partidas de dados en vivo, la presencia de un hombre bala rebotando en el estudio, los tangos del maestro Gancé, conversaciones de matriz filosófica y relatos mitológicos eran elementos que configuraban un formato inédito en un horario marginal. Y que despertaron una curiosidad irresoluble a través del oído: allí comenzaron a aparecer unos primeros curiosos, luego otros, y la demanda dejó de caber en los modestos estudios de Radio El Mundo. Primero los viernes (y así, sucesivamente, hasta completar toda la semana) la presencia de un público numeroso otorgó, con sus risas aprobatorias y sus silencios reverenciales, otra espesura a un código que aún en 2013 sigue refrendando a la vieja radio de antes, esa que hacía alucinar a Dolina en la Baigorrita de su niñez o en el Caseros de su juventud.

Después de cuatro temporadas, Demasiado tarde… inició un curso errante por el dial. AM Rivadavia, Radio Nacional y la extinta FM Viva (aquí, ya como El ombligo del mundo) fueron los destinos inciertos hasta que 1993 los encontró en FM Tango bajo el nombre de La venganza será terrible. Aunque Dolina asegure que nada se modificó entre tanto cambio de emisora y de frecuencia, lo cierto es que La venganza… estableció, hace exactos veinte años, una instancia de perdurabilidad que se consolidaría en 1994 con el paso a Continental, estación en la que permanecería durante 16 temporadas casi consecutivas (interrumpidas por un breve paso por AM Del Plata, su radio actual). Allí, además, profundizaría el carácter radioteatral del programa con el legendario ciclo de audiciones en el Café Tortoni y sus multitudinarias giras por teatros del interior del país. Una marca propia de La venganza…

Dos décadas de continuidad inalterable confirman un formato exitoso, aunque Alejandro Dolina discrepe con ambas expresiones. “Tuve suerte con el público, pero nunca logré éxito en términos económicos. No nos pagan mucho dinero, al menos no el que la gente piensa, y eso se debe a que nunca conseguí la admiración de los agentes mediáticos ni de las empresas”, asegura. Acerca del formato, se extiende un poco más: “Eso no es muy difícil ni importante; puede aparecer en media hora. ¿Qué importa si estoy acompañado de un tipo o tres o si primero hay un bloque humorístico y luego aparezco tocando el piano? Hacer un programa no es eso, sino encontrar una forma de hacer fluir ideas, y también de encontrar ideas para hacerlas fluir. Lo que fue difícil, y aún hoy encontramos, perdemos y recobramos, es discurrir un discurso alumbrado por algunas ideas que todos los días copiamos de otros y que, muy de tarde en tarde, se nos ocurren a nosotros mismos. Hay ideas propias y otras tantas que juntamos por ahí, en los libros más que en los diarios. La oficina de producción la tiene uno adentro, y el trabajo consiste en leer, aprender… y tratar de aprender a pensar”.

–¿El programa tiene lenguajes más propios de la música y del teatro que de la radio misma?

–Es verdad. El código radial parece ser un tipo que nos dice si hace frío o calor, otro que nos cuenta cómo está el tránsito, más adelante viene el de la Oral Deportiva o el del noticiero. Buscar la conexión con eso que se llama “realidad”, para ponerle un nombre pretencioso. Acá, en cambio, estamos en un teatro, hablando cuál era el régimen en el Tártaro, o el Averno de los griegos, tocamos música, improvisamos. Definitivamente, esto que hacemos no es radio.

–¿Cuál creés que fue la clave para lograr un público cautivo al cabo de tanto tiempo?

–Uno se hace la ilusión de que el público siempre es el mismo, ya que desde el punto de vista de la edad hay una mayoría de jóvenes. Pero, claro, se produce una situación metabólica: entran por un lado y salen por el otro. Cumplen 20 años y te empiezan a escuchar, hasta que llegan a los 35 años y dejan de hacerlo. El programa tiene una clientela propia, pero es cierto también que hay radios que facilitan el acceso de estos clientes y de otros que no lo son, tal como hace uno con los kioscos que están mejor ubicados. En cambio, hay radios que no sólo no abren las puertas a nuevos clientes, sino que también se las cierran a los antiguos, que por vivir en determinado barrio no pueden escuchar la radio. En todo caso, creo que el secreto de su longevidad estuvo en no morirse. Y en no abandonarlo: lo hubiese dejado si me iba bien en otras cosas o si, supongamos, alguien me contrataba para hacer películas en Hollywood.

–Tu paso por Radio 10 fue breve y te expuso a dar muchas explicaciones. ¿Te arrepentís de aquella experiencia?

–Fue excelente y nunca me trataron tan bien. No tuve tanta suerte, en cambio, en la radio donde supuestamente estaban las personas que pensaban como yo. Allí estuve incluso menos que en la 10 y tuve que irme en búsqueda de mejores oportunidades. Nadie me bajó línea y nunca me guardé nada, la muestra está en los contenidos. ¿Dónde hay que trabajar, entonces, si es necesario que nuestros empleadores sean la Madre Teresa de Calcuta? Sin embargo, apareció gente que se creyó en la necesidad de exigírmelo. Yo me quedé quieto, no he dicho mucho. Y nadie dijo nada. Evidentemente, mis amigos no están en este medio. No me sentí defendido por nadie, ni siquiera por personas que yo después defendí. Aunque tampoco tendría sentido: eso de andar firmando solicitadas no le sirve a nadie, el ejercicio de la profesión no es llorar. La experiencia me sirvió para reconocer que hay miserables en cualquier campo de opinión y, dicho sea de paso, volvería a repetirla ciento diez mil veces.

–¿Asumís tu trabajo con conciencia política?

–Sucede de forma natural. Uno tiene una forma de ver el mundo que, si es veraz y sincera, aparece. Lo que huele mal es sujetar esa forma y hacerle coincidir con un camino económico más provechoso. Yo apoyo este proyecto del modo más amplio e intenso, casi a libro cerrado. Y lo hago con razones, porque apoyo sus políticas de inclusión, su manera de hacer crecer el mercado interno y el modo en el que se mejora la vida de la gente. Esas son políticas y no conductas éticas individuales que dan como resultado esta situación, porque no es así como funciona. Puede haber dentro de este espacio personas tan miserables como las hay del otro lado, aunque no tantas, eso es cierto. Por eso, siento gratitud cuando se apoya el proyecto con excelencia, inteligencia y argumentos nobles. Y siento mucho miedo cuando veo que las mismas cosas en las que yo creo se defienden con ineptitud. Para decirlo como una metáfora: cuando un cantor peronista desafina, yo empiezo a desconfiar hasta de las Veinte Verdades.

ESCUDERÍA DOLINA

Sea por gratitud, admiración o reconocimiento al trabajo, Canal Encuentro repite este año la primera y única temporada de Recordando el Show de Alejandro Molina, aquel falso documental dirigido por Juan José Campanella y actuado por un amplio y notable reparto, que esa misma señal había lanzado en 2011. Aunque la creación se le atribuye a Alejandro Dolina, el trabajo inicial se repartió entre él y sus hijos Alejandro y Martín. “Fui el que menos trabajó de los tres”, confiesa Alejandro padre, acerca del equipo intrafamiliar que ya había operado de mutuo acuerdo en los segmentos musicales de La venganza… (con el Trío Sin Nombre que componen Alejandro hijo, Martín y Manuel Moreira) y también en la novela Cartas marcadas.

–¿Cómo es la química de trabajo con personas que son hijos, por un lado, y jóvenes, por el otro?

–Me llevo muy bien porque tenemos mucha confianza, entonces pueden ser muy brutales o hacer cosas a las que por ahí otros compañeros no se atreven. “¡Esto no sirve para nada!”, me dicen, o yo les digo a ellos. Esa brutalidad ayuda mucho; son sesiones de trabajo muy apasionadas y llenas de objeciones. Vamos de objeción en objeción y eso debe ser así. El artista debe estar cuestionando cada palabra que escribe para ver si tiene un verdadero valor artístico, un verdadero contenido ético y si, finalmente, es una palabra tuya. Es decir, si es la palabra que vos tenés que decir en ese momento. Ahora, si vos estás trabajando con gente que te respeta demasiado, por ahí te empiezan a perdonar y uno cree que todo lo que dice o hace es genial. Eso es lo malo de vivir rodeado de una cohorte de alcahuetes. Yo creo que lo mejor es someterse al entredicho en cada esquina, a ver qué es lo que pasa, y eso es lo que obtuve con mis hijos.

–¿Quedaron conformes con el resultado de Recordando el Show de Alejandro Molina?

–Siempre he sido rechazado en la tele, tal vez para mi suerte, pues mis ideas no eran muy buenas. Pero ahora creo poder decir que estuvo bien hecho, merced a la intervención de muchas otras personas que sabían de su trabajo. Digamos que hoy puedo ver la serie sin sentir vergüenza de lo hecho. Incluso han mejorado lo que yo pensé, que no era tan bueno como lo que se ve, lo cual no es poco.

LA DUDA CONSTANTE

Editada el año pasado, Cartas marcadas fue la sexta obra literaria de Alejandro Dolina desde el inaugural Crónicas del Angel Gris (1988), los dos libros de cuentos posteriores y las transcripciones de la opereta Lo que me costó el amor de Laura y de las comedias musicales publicadas bajo el nombre de Radiocine. La novedad de su último trabajo fue que por vez primera se animó a la novela, un formato que reconoce angustiante y fatigoso. “Sentí el peligro del derrumbe muchas veces y temí que el proyecto tambaleara. Esa duda constante en la que uno vive mientras está escribiendo te arruina la vida. Avanzás lentamente, más si te proponés un trabajo largo. El desaliento se produce cada diez renglones y la tentación que uno siente es la de abandonarlo todo. Puede que haya un tobogán al final de la obra, cuando todo está resuelto y la novela casi que se escribe sola porque te empuja de atrás. Pero eso pasa en las últimas treinta páginas. Y, después, sí: la felicidad de haberla terminado”, explica.

El resultado final, no obstante, parece convencerlo: “La novela no sé si es buena o mala, pero llegó a un término sólido. Digo: es consistente consigo misma, los ladrillos son del mismo tamaño. Superó esas crisis que aparecen en las obras largas cuando el autor descubre algún error de concepción que pone en riesgo toda la construcción. Esto pasa también con los cuentos, donde tirar uno es tirar tres días de trabajo, pero tirar una novela de 300 páginas es una catástrofe difícil de aceptar”.

–¿Volverías a hacer una novela?

–Volvería a hacerlo, claro, pero no me gustó. A nadie le puede agradar estar escribiendo y temblando ante la posibilidad de que algo nos revele que somos verdaderamente inaceptables como escritores, que somos insolventes. Es un miedo muy común del medio artístico en general. No tanto a cometer un error, sino a que ese error sea de una naturaleza tal que nos revele a nosotros y al mundo que, en realidad, no somos las personas que creemos ser. No es a la equivocación a lo que uno le teme, sino a la revelación que te indique que sos un imbécil.

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