Ruido blanco y celeste

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Tras la salida de Pekerman luego de perder por penales en Alemania 2006, los seleccionados menores entraron en una debacle espiritual y conceptual.

(Publicado originalmente en Página/12)

Argentina parece reinstalarse en la vanguardia del fútbol internacional gracias a su eminente clasificación anticipada al próximo Mundial, casi sin obstáculos, superando holgadamente unas Eliminatorias extenuantes y postulando por fin a Messi como el estandarte de un proceso que reclamaba su conducción deportiva y espiritual. Haber convertido a la Selección en un colectivo coherente con los grandes momentos individuales de varios de los jugadores es, también, uno de los méritos fundamentales de Alejandro Sabella, cuyo hablar atildado y reflexivo invita a saborear este trago dulce con el goce de las pausas sin prisas. ¡Hay equipo, señores!

Pero cuidado: en el éxito de lo inmediato suelen tenderse las trampas de lo efímero y lo descartable. Los aplausos aturden y confunden lo urgente y lo importante. Y simulan fracasos tras el ruido blanco. Argentina podrá continuar este camino, profundizarlo y deponer deficiencias, incluso ganar en Brasil 2014 humillando al local en la final. Así y todo, éste será el Mundial del fracaso, como lo es el fútbol argentino todo desde que José Pekerman y compañía renunciaron a su aporte en la AFA, que no supo, no pudo, ni quiso continuar su exitosa metodología en los seleccionados juveniles.

Conocemos el proceso de Pekerman y compañía: iniciado en 1994, valorizó la cantera del fútbol criollo con títulos sostenidos por la promoción de cracks que abonaron nuestro torneo y el de las grandes ligas durante largo rato. Consecuente con ese proyecto, tomó lo mejor de cada ciclo cuando desembarcó en la Selección mayor y mereció otra suerte en Alemania 2006, donde quedó fuera por penales ante el local. Poco afecto a los resultados morales, tal vez creyó que había conseguido poca cosa y se autoexcluyó de manera indeclinable tras esa eliminación retratada en la mirada perdida de Messi, desparramado en el banco de suplentes.

El clan Grondona imaginó un golpe de efecto dándole espacio a la Generación del ‘86, suponiendo que en las viejas medallas había un secreto para la gloria de mañana. Batista, Trobbiani, Garré, Brown y Olarticoechea (siempre con Bilardo a la cabeza) se sucedieron en un concierto de pifias y desafines que incluyó resultados decepcionantes, eliminaciones absurdas y retrocesos verificados en el espectáculo soporífero que nos devuelve un fútbol para pocos, tal vez los empresarios que hacen negocios con precoces estrellas opacas que van a dar a ligas ruines a cambio de pingües pesos.

Y, al final del túnel, más sombras: Humbertito Grondona tomó el mando por todos y condujo al Sub-17 hacia un título sudamericano y la adosada clasificación mundialista bajo un lema repulsivo: “Prefiero ir al Mundial antes que ganar el Fair Play”, como si una cosa fuera excluyente de la otra. O como si el fútbol fuera cuestión de compadritos, como pasaba en los picados de la placita, donde los partidos se definían por los arrestos individualistas de los habilidosos. O los egoístas. Los que no pueden ver más allá de su ombligo y quieren imponernos su mirada miope, haciéndonos emborrachar con éxitos que no son otra cosa que las resacas de un fracaso.

 

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