111 y 6

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A un cronista del NO le tocó ser testigo de la actuación policial en el caso de la mujer degollada en Villa Gesell.

Por Juan Ignacio Provéndola
(Publicado el 15 de mayo de 2014 en en el Suplemento No de Página/12)

Cuando ya por fin nos dejan ir, digo en voz alta: “Nunca más voy a poder mirar Cartoon Network, ni siquiera pasándolo en zapping”. Desde que entramos a la casa hasta que salimos, pasan unas cuatro horas y en todo momento la tele está en ese canal. Es lo que estaban viendo los dos hijos cuando su madre entró por la puerta, desarmándose. “Después del primer caso, ya te acostumbrás”, tira un perito mientras ordena una pila con treinta evidencias ensobradas, armando una especie de Tetris con anillos, llaves, acetatos con huellas digitales, pelos e hisopos con sangre cubiertos de papel madera. No lo dice de mala leche. Suena más a consejo, tal vez a consuelo. Son curiosos los vínculos que se pueden establecer con desconocidos cuando se comparte con ellos varias horas alrededor de un cuerpo sin vida. Pasa en los velorios. Aunque los velorios tal vez ayudan a procesar el duelo, que no es otra cosa que un mecanismo para amasar la pena y hacerla más larga pero menos densa. Una especie de negociación con el dolor que, en este caso, no nos era concedida.

Un testigo sale de la casa y se apoya contra un árbol. Está pálido, dice que no puede más y suplica que lo dejen ir. Un policía lo atora. Le recuerda que ser testigo es una carga pública y que negarse le puede costar una detención. “¡No seas cagón!”, le exige. El mundo entero parece de golpe dividirse entre los que se dejan imponer emociones por la muerte y los que la convierten en un objeto de estudio. Como todos esos tipos de traje o uniforme que van, vienen, hacen anotaciones, sacan fotos, deciden, observan, delegan o proceden. Cada tanto, nos miramos con otro de los testigos sin decir nada: la única manera que encontramos de comunicarnos durante un largo rato. Nos sentimos ajenos a ese universo, no sabemos hablar ese idioma. Compartimos la sensación de que cualquier cosa que digamos será una estupidez, algo fuera de lugar. Sólo queda dejarse llevar. O dejarse ordenar.

Se necesita algún documento, entonces entramos a su habitación con una pequeña tropilla. Un policía encuentra un pasaporte y le pido que me deje ver la foto. Había libros, revistas y vinilos. También una laptop cerrada, pero titilando, en estado de hibernación, y una mesa de carpintero repleta de maderas y pinceles para trabajar artesanías. De las paredes cuelgan algunos cuadros y láminas, pero en ningún lado hay una foto. El perito accede al pedido y puedo al menos ponerle a esa experiencia otra cara que la que venía viendo hasta ese momento. Al cabo de unos segundos, cierra el pasaporte y lo entrega a quien corresponde. Comienza a sonar el teléfono con una insistencia que delata angustia y ansiedad, pero nadie puede atender. Dos camilleros, tan blancos como sus ambos, se agachan y la tapan para poder retirarla. Aún tiene tatuada en la cara la última mirada de su vida. Una ceremonia densa, involuntaria. Por primera vez, algo nos ubica a todos en un mismo plano de igualdad: el silencio, uno de los pocos terrenos donde el hombre no se distingue del hombre dentro de ese vacío en el que el tiempo parece detenerse.

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