Que la sigan fumando

Tapa THC

Los pormenores del antidoping en el fútbol esconden persecuciones brutales. Historias con sabor dulce y final amargo.

Por Juan Ignacio Provéndola (Publicado en junio de 2010, en Revista THC)

A pocos meses de la cita máxima, Michel Platini tenía todo bajo control. Su país estaba por organizar el Mundial de 1998 gracias a su lobby como dirigente de la federación gala y, para él, significaba una reivindicación definitiva: quería darle a Francia la copa del mundo que no había podido conseguir en pantalones cortos y botines. Pero, un día de abril, dentro de su elegante traje se estremeció cuando recibió una novedad inquietante: la FIFA había anunciado que, por primera vez, iba a rastrear marihuana en un Mundial.

La orden vino del Comité Olímpico Internacional (COI), avergonzado por haber tenido su primer doping por THC en una competencia olímpica tras el positivo de Ross Rebagliati en los Juegos de Invierno de aquel año. El snowboarder canadiense logró retener su medalla luego de argumentar que padeció los efectos de fumador pasivo tras asistir a una fiesta aromatizada con el humo más dulce, pero el COI no quería repetir disgustos en la máxima cita del fulbito y tomó nota de que, en la liga francesa, nueve de los últimos 10 dopings habían sido por cannabinoides. Platini acusó recibo de la advertencia y le hizo saber a Aymé Jaquet, el DT de les bleus, que no quería papelones en la selección anfitriona.

Jaquet quiso dar un mensaje tranquilizador a su país, la FIFA y el COI, y relegó a Bernard Lama. Fija en el arco francés, quedó marginado de la mejor hora de su carrera la noche que le encontraron marihuana en el pis luego de una final continental contra el Barcelona. Fue en 1997 y se hizo cargo, blanqueando que se había fumado un porro dos días antes del partido. Su club, el Paris Saint Germain, se lo sacó de encima y fue suplente de lujo en el West Ham inglés hasta el Mundial. Falto de competencia, llegó a la cita como un paria y vio desde el banco de suplentes cómo su selección ganaba la copa mundial. La escena es triste. La metáfora, perfecta: desde la periferia, la marihuana comenzó a relojear los grandes acontecimientos del deporte.

APAGUEN ESA MECHA. Si revisamos entonces bibliografía sobre los antiguos Juegos Olímpicos (JJOO) y las luchas incaicas, competencias en las que muchos alentaban sus victorias bebiendo extractos de plantas o masticando hojas de coca. El origen del término “doping” es indeterminable: se lo atribuyen indistintamente a una grasa lubricante inglesa llamada dope, a una mezcla que en flamenco se conoce como doop, y también al dope, una bebida que los sudafricanos utilizaban en ciertos rituales. El deporte le puso ese nombre recién en el siglo XX, cuando el uso de sustancias comenzó a considerarse un problema.

Algunos creen que la culpa la tuvo la Guerra Fría. Se sabe, Vietnam y la Primavera de Praga fueron escenarios tan calientes como cualquiera de los JJOO que, entre 1952 y 1974, tuvieron a Estados Unidos y la Unión Soviética a la cabeza de los medalleros.

Se dice que los estadounidenses desarrollaron anabólicos esteroides en respuesta al abuso de testosterona por parte de los soviéticos. Los laboratorios funcionaron con rigor de trinchera: el lanzador Harold Connolly reconoció que en los Juegos de los 60 los “enganchaban” con estimulantes, mientras que 59 atletas rusos murieron entre 1963 y 1981 por culpa de sustancias ilícitas. Dos décadas más tarde, el doping de Ben Johnson en Seúl 88 demostró la vulnerabilidad de controles, burlados permanentemente por nuevos e imperceptibles compuestos. Tras la caída del Muro de Berlín, varios atletas del bloque socialista confirmaron lo que siempre se sospechaba: el doping era moneda corriente al otro lado de la Cortina de Hierro. Sin embargo, la mayoría de las drogas sociales a excepción de la cocaína y otros estimulantes, todavía no era penalizados.

La FIFA fue una de las primeras federaciones deportivas que realizó controles, cuando a partir de 1966 comenzó a aplicar en los humanos técnicas utilizadas para analizar caballos de carrera. Y si bien en los 90 ya se controlaba la presencia de cocaína y otros estimulantes (la efedrina de Maradona en el 94 mancharía por siempre la imagen de esa Copa del Mundo), recién meses antes del mundial de 1998 se agregaron drogas sociales como los cannabinoides, el LSD y la heroína como sustancias prohibidas. De todas maneras, países como Nigeria, Marruecos, Túnez, Yugoslavia, Irán, Jamaica o Paraguay (el primer positivo de marihuana fue año y medio atrás) llegaron a Francia sin haber realizado jamás un control antidoping en ninguna de sus competencias domésticas. África y Latinoamérica estaban en capilla: “Allá casi no hay controles y, cuando los hay, no son del todo buenos”, le dijo al diario Olé el doctor Eduardo Lozada, miembro de la Comisión Antidoping de FIFA.

Sin embargo, el COI no contempló méritos de antaño cuando, luego del Mundial de Fútbol y los Juegos de Invierno de 1998, creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) para delegar en ella la “promoción y coordinación de la lucha antidopaje mundial”.

Que el gran mentor de esta agencia haya sido Dick Pound no fue casualidad: el vice del Comité Olímpico era un verdadero halcón en la materia. Bajo su mando (y con el financiamiento económico y político de la Unión Europea), la AMA elabora anualmente la lista que determina de modo concluyente lo bueno, lo malo y lo feo del deporte –en la disciplina que sea y en el lugar que fuere– a través del Código Mundial Antidopaje que fue homologado por la ONU en 2005. Dos años más tarde, en 2001, terminaría de arremeter contra la FIFA cuando le dio a elegir entre aplicar sin excepción una pena mínima de seis meses al deportista hallado culpable a partir del Mundial del año siguiente, o retirar el fútbol de los JJOO. Y como se vio, la pelota no dejó de rodar en las olimpíadas.

UNA SECA, UNA CRUZ. Así como Videla tuvo su Mundial de Fútbol, Menem quiso tener su Juego Olímpico. Aún no había terminado su primer mandato, y ya se imaginaba eternizado en el sillón: corría 1994 y la burbuja menemista flotaba más brillante que nunca. Por eso, quiso jugar fuerte y apoyó la aspiración de Buenos Aires como sede olímpica para el 2004. Para el COI, fue un delirio que no resistió análisis frente a otras postulantes como Roma o la finalmente elegida Atenas. Si la candidatura quedó finalmente preseleccionada entre cinco ciudades, fue porque al Comité le convenía dejar una puerta abierta a los primeros JJOO en Sudamérica.Argentina tuvo que ponerse al día no sólo con obras e infraestructura. Para conformar al COI, el Congreso creó en 1997 la Ley Antidoping Argentina con la que, por primera vez, se establecían sanciones concretas para el uso de marihuana y las alineaba con las de la cocaína (ya prohibida por entenderla estimulante): dos años y suspensión perenne para el reincidente.

Así como algunos, después de su retiro, devinieron en entrenadores o periodistas, Carlos Pandolfi, padre del Rifle, siguió vinculado al fútbol como dirigente gremial. Ya se había curtido en su época como profesional, liderando la huelga de 1971. En nombre de Futbolistas Argentinos Agremiados, fue una de las principales voces discordantes con la nueva legislación de 1997. “Estábamos en total desacuerdo porque no pueden reprimir a un deportista en su primera equivocación, fundamentalmente si consumió marihuana o cocaína. Ninguna genera beneficios, ni siquiera la cocaína, ya que si bien es un estimulante no existe un jugador en el mundo que la utilice específicamente para obtener ventajas. Son dos sustancias que hoy en día están a la vuelta de cualquier esquina”, dice el actual tesorero del sindicato futbolista.

La ley nacional renueva anualmente su lista de prohibiciones citando las actualizaciones de la AMA. Porque, así como la Constitución Nacional encontró inspiración en los valores de la Revolución Francesa, la Ley Antidoping argentina reconoce la influencia textual del Código Mundial Antidopaje, cuyo criterio para proscribir una sustancia es que cumpla al menos con dos de tres requisitos: aumentar el rendimiento, poner en riesgo la salud del deportista y vulnerar el “espíritu del deporte”.

“El futbolista es un trabajador en relación de dependencia, y a ningún trabajador lo podés sancionar con dos años por más que una estructura en el mundo así te lo pida”, defiende Pandolfi, y recuerda el caso de Adrián Godoy, jugador de Dock Sud que padeció los dos años de rigor luego de que le encontraran cocaína en 1998: “Trabajaba de albañil con el padre y había tenido familia hacía poco. Fueron tiempos de mucho tramiterío y de negociar con diputados, senadores y abogados, pero lamentablemente no pudimos revertirlo por culpa de la burocracia y el análisis de poco sentido común que se hizo: lo hundieron quitándole su derecho a trabajar”.

Las gestiones tuvieron efecto cuatro años más tarde, cuando lograron, entre otras cosas, que el Congreso redujera las penas por cocaína y marihuana a tres meses (y dos años en caso de reincidencia). De todos modos, quedó un sabor amargo: “Por suerte se bajaron las penas, pero nuestro planteo siempre fue otro. Pedimos que un chico, si fumó un porro, no sea condenado y sancionado represivamente. Sobre todo cuando se tratan de cuestiones personales. En ese contexto, sancionarlo es como ponerlo en un precipicio y pedirle que dé un paso hacia delante”, sostiene Pandolfi, quien no quiere perder de vista el verdadero espíritu del antidoping: “Las ventajas deportivas salen de otra forma, con inyecciones y sustancias que verdaderamente mejoran el rendimiento y que merecen ser castigadas. Pero fumarse un porro el miércoles no es querer sacar ventaja el día del partido”.

El planteo suena coherente: la ley antidoping impone una hipocresía darwiniana, en donde la FIFA aparta al “enfermo”, pero jamás lo ayuda a retomar su carrera. De ese trance sólo sobreviven los más aptos a cargar con su cruz. Para el mundo del deporte, un doping por anabólicos (con toda su connotación tramposa) es apenas un desliz que cualquier deportista podrá sobrellevar dignamente una vez concluida su pena. Un positivo por marihuana, en cambio, condena al jugador de por vida: siempre será el drogón de su rebaño, y eso lo desvalorizará eternamente en el duro mercado del fútbol, al margen de los epítetos descalificadotes que recibirá de parte de las tribunas contrarias cada vez que pise una cancha.

EL LOBO Y LOS DEMÁS. Desde que apareció por primera vez en la orina del arquero Walter Cáceres de Nueva Chicago en 2001, la marihuana protagonizó 19 de los últimos 27 dopings en el fútbol argentino. Hasta ese entonces, la cocaína había pisado fuerte en 12 de los 33 positivos y algunos, como el colombiano Albeiro Usuriaga, habían padecido toda la severidad de la vieja ley sufriendo los dos años en cuestión.

Ninguno de ellos se escribió tan inendeleblemente en la historia del uso de drogas sociales en el fútbol local como Daniel Cordone. San Lorenzo, que lo había apoyado durante los tres meses de su primera suspensión en 2003, le soltó la mano cuando volvió a hablarse de faso un año después y el Tribunal de Disciplina lo colgó dos años nombre de la ley. “Es un acto de irresponsabilidad y está claro que no le renovaremos el contrato”, dijeron los dirigentes de su ex club, confirmando una actitud común: los equipos no están predispuestos a mancarse un fumón entre sus filas. San Lorenzo tenía su política definida en el asunto, desde los tiempos en los que Oscar Ruggeri había mandado a hacer controles sólo en inferiores, ya que Gorosito y otros pesados de la Primera le habían advertido: “Si lo hacemos nosotros, también te lo hacés vos”.

El Lobo había tenido un interesante paso por Vélez y Racing que le valió alguna que otra convocatoria en la Selección. Hasta se había dado el gusto de ser el compañero de ataque del histórico goleador Alan Shearer en el Newcastle inglés. Marginado de la práctica profesional y condenado socialmente, su realidad en 2004 era muy distinta. “Peleamos para que no le dieran dos años y a los nueve meses estuvimos cerca de lograr que le disminuyeran la sanción”, reconoce Carlos Pandolfi, “pero justo en ese momento la AMA le hizo nuevos reclamos a la FIFA para que endurezca sus sanciones y el Tribunal de Disciplina de AFA, por una cuestión política, no accedió. Se tuvieron que ajustar a la letra pero, interiormente, ellos estaban tan convencidos como yo de que podía habérsele concedido una rebaja”.

El papel de Agremiados es clave en todos los dopings positivos por drogas sociales: además de asesorar legalmente, lo acompañan en un tratamiento. “Tenemos un equipo de profesionales que también realiza charlas preventivas en inferiores. Esa es la idea, y no la de suspender dos años a un tipo cuya vida útil es de 10”, asume Pandolfi, que desfiló una y otra vez por los pasillos de la AFA y del Congreso a favor de Cordone. Una vez cumplida su condena, la suerte del Lobo estaba echada y continuó su curso errante en clubes del ascenso, ante la sorprendida mirada de los hinchas del sábado. Todo porque tres días después de fumarse un porro le tocó hacer pis en un frasquito.

Para ese entonces, ya la marihuana se había difundido en el ámbito local de manera despiadada. Rodrigo Lodos había debutado hacía cuatro meses en All Boys, cuando le dieron medio año de suspensión a fines de 2004. Siguió jugando en su club de toda la vida hasta que se convirtió en un retirado prematuro. Apenas tiene 24 años y en su casa dicen con indiferencia y frustración que “está trabajando de otra cosa porque de algo tiene que vivir”. Pocos meses más tarde, Francisco Vanega había tenido su momento soñado en San Lorenzo. Entró en un partido faltando 12 minutos sin saber que aquella sería toda su experiencia en Primera: le salió marihuana en el antidoping y fue parado por seis meses que se volvieron perpetuos, ya que jamás volvió a jugar de manera profesional. Otros tuvieron mejor suerte y, en el mejor de los casos, mantuvieron una regular carrera en categorías menores. Podrán cambiar de camiseta, pero jamás se borrarán la marca de la frente.

SÍ, PERO NO. “Así como no hay discusiones acerca de que fumar es nocivo para la salud y que la marihuana no genera ningún beneficio deportivo, es discutible el tercer punto esgrimido por la AMA en su código que habla de una violación al espíritu del deporte. Esto es entendible en la medida que consideremos que un deportista es un modelo para la sociedad y, por lo tanto, no convendría que fume marihuana. Personalmente, es una postura que no comparto porque, además, no se trata de un problema del deporte sino de un hábito que existe en la sociedad”, sostiene Carlos D’Angelo. Este médico deportólogo es miembro del Comité Científico del Sedronar, pero también es creador del actual laboratorio antidoping del CENARD y un constante expositor de nuevas propuestas acerca de la marihuana en el deporte en cada congreso que se realiza sobre doping.

“Planteo hacer hincapié en la prevención, que no es generar miedo sino conciencia, porque la información por sí sola no vale de nada. Las políticas prohibicionistas son terribles, porque la sanción significa excluir al futbolista de entrenar con sus compañeros y de presenciar espectáculos deportivos, además de la condena social”, argumenta. Y no sólo genera miedo, también paranoia: Mirko Saric, joven promesa de San Lorenzo, nunca quiso tomar la medicación antidepresiva por miedo a que le provocara un antidoping positivo y acabó con sus angustias personales colgado de una sábana.

En 2003, las autoridades mundiales del deporte parecían dispuestas a sentarse a negociar. Rune Andersen, directivo de la AMA, decía que la marihuana “no mejora el rendimiento y, en todo caso, debería incluirse en un código de conducta cuya infracción podrá penar cada deporte de acuerdo a sus propios criterios ya que el antidoping pretende otra cosa: atrapar a los tramposos que toman algo que los beneficie”. Su colega del COI, José María Odriozola también iba a la semilla: “El cannabis no puede ser penado tan sólo porque afecte a la imagen pública del deporte”. Más claro y autocrítico fue Luis Serratosa el jefe de los servicios médicos del poderosísimo Real Madrid sostuvo que “hay que revisar las listas de dopaje, ya que si la marihuana sigue en ellas es simplemente por dejadez”.

Desde Paraguay, entonces, llegó una noticia sorpresiva: la FIFA había atendido las nuevas propuestas cuando, en su Congreso Mundial 2007, dio la ansiada luz verde a la despenalización de la marihuana. “Nosotros fuimos los precursores de tratar ese tema en las reuniones internacionales, contando lo que hacíamos con nuestros jugadores”, se jacta Pandolfi El máximo organismo del fútbol parecía finalmente haber entrado en razón. Los cannabinoides ya ocupaban el 20% de los dopings positivos en el deporte mundial y la lectura era clara: los tiempos cambiaron y la política represiva no había servido. Sin embargo, la histeria ante la inminencia de una nueva competencia mundial rechazó de plano cualquier indulgencia legal y la AMA desautorizó a la FIFA cuando, a poco de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, se desataron escandalosos dopings que nada tenían que ver con las drogas sociales. “Las federaciones internacionales no se animan a tomar la iniciativa porque hay una tendencia cada vez más radical  sancionar y es difícil abandonar la idea de que el consumo se evita prohibiéndolo”, acierta D’Angelo.

CÓMO NOS FIFAN. Un integrante del Tribunal de Disciplina de la AFA se confiesa: “Nosotros debemos ser estrictos intérpretes de la ley, de manera que no importa mucho nuestra opinión acerca de penalizar la marihuana porque la normativa al respecto es concluyente. Lo que no quita que, creyendo verdaderamente que esa sustancia no provoca ningún beneficio, hagamos todo lo posible para dictar la menor sanción posible, pero siempre respetando la ley vigente, que es nuestro principal basamento teórico”. Hasta ese tribunal bajan verticalmente los designios de la AMA, la FIFA, la AFA y las leyes ad hoc sancionadas por el Congreso que regulan el tema.

¿Pero qué sucedería si el mismo congreso finalmente decidiera despenalizar la tenencia y el consumo de marihuana? “Las sanciones que apliquen los órganos administrativos no pueden desconocer principios tales como los de proporcionalidad, igualdad, lesividad y legalidad”, señala la fiscal Mónica Cuñarro, titular de la Comisión de Políticas Públicas de Drogas y coordinadora del Comité Científico que elaboró anteproyectos referidos a modificar la ley de estupefacientes que condena la tenencia de drogas para uso personal. “Está bien que las pautas sean internacionales, pero siempre que se legisla a nivel nacional hay que pasar por un control de constitucionalidad respetando el derecho interno, que prohíbe como regla que las sanciones del derecho administrativo sean superiores a las del penal. En ese contexto, no parece muy respetuoso, ni del principio de lesividad ni de igualdad, privar a un deportista de su fuente de trabajo”, concluye.

No obstante, aún corregidas, las pautas legales seguirían encontrándose con obstáculos infranqueables. Un referente de las inferiores de un club importante le reveló crudamente al diario Clarín que, de ponderar la política asistencial por sobre la punitiva, “perdemos al jugador, porque no lo dejan salir a entrenar del centro de rehabilitación dado que lo alejan de todo el entorno que lo rodeaba antes de la sanción”. Resolver cuestiones del fútbol por fuera de esa cadena interna de responsabilidades sucesivas significa quebrantar los llamados “códigos del fútbol”, normativa no escrita tan sagrada como miserable que determina que los problemas del fútbol deben dirimirse en su ámbito y no fuera de él. Maradona pudo desatender una suspensión por doping de la AFA cuando, en sus últimos tiempos como futbolista, obtuvo un recurso de amparo de la justicia ordinaria a favor de su derecho a trabajar. Tal vez porque no existe en el fútbol mundial una espalda tan ancha como la suya o porque, al fin de cuentas, siempre era más redituable adentro de la cancha que afuera.

HUMO EN FRASCO. De poco sirvió la reacción de FIFPro (el organismo que nuclea a los sindicatos de futbolistas nacionales) cuando la UEFA suspendió por tres meses al uzbeko Anzur Ismailov tras un doping de marihuana en un partido por eliminatorias mundialistas de junio del año pasado. En un comunicado, FIFPro solicitó que “el cannabis sea eliminado como sustancia prohibida ya que diversos estudios científicos demostraron que su uso resulta perjudicial para casi todos los rendimientos atléticos”. Lo mismo le había pedido la Asociación Antidoping de los Países Bajos a la AMA. “Lamentablemente, soy pesimista”, dice Pandolfi, también miembro de FIFPro. “En el mundo hay mucha hipocresía con la marihuana, creyendo que una conducta puede cambiar reprimiéndola, aunque está visto que no es así”.

En Argentina, la marihuana en el fútbol está más verde que nunca con los positivos de Rodrigo Archubi (suspendido tres meses hasta enero de 2009 y colgado por Ríver de allí en más) y Alejandro García, jugador de Defensores de Belgrano que cumplirá su condena en pleno Mundial. En abril, la FIFA había anticipado que por primera vez iba a realizar antidopings antes de competencia, alcanzando de esta forma la mayor cantidad de controles en la historia de los mundiales.

La idea es la misma: filtrar sorpresas antes de tiempo. Para D’Angelo, habría que torcer la óptica: “El control no debe ser la instancia suprema y absoluta. Por ventajas tecnológicas y nuevas sustancias de síntesis y demás, muchas no son encontradas”. Es cierto: todos, alguna vez, hemos escuchado sospechas sobre trueques de orina, cambios de frascos o dopings ilenciados. Pero ésas son otras yerbas. Aunque la FIFA le mojó la oreja al olimpismo aprobando su primera competencia en el continente negro, en lo básico no tienen desacuerdos.

Ambos, por el momento, prefieren solamente el verde inmaculado de sus arcas billonarias.


ENTREVISTA A FERNANDO PANDOLFI: “Que se dejen de hinchar las pelotas
Aunque salió campeón con Vélez y Boca, parece más un stone que un deportista. Decidió retirarse antes de los 30, cansado de la máquina trituradora del fútbol. Desde algún lugar del conurbano cuenta su historia de vestuario y faso.

Por JIP. Me gustaba la noche y admiraba esa forma de vida, sin conocerla Me juntaba con pibes que eran un poco más grandes y que fumaban, pero que me respetaban igual. Al principio ni se me cruzaba por la cabeza. Hasta que un día dije ‘Dame’ y quedé re loco”, recuerda él acerca de su primera experiencia. Puede ser la historia de cualquier pibe, a la vuelta de tu casa. Incluso, la de Fernando Pandolfi, quién aún no había debutado en la Primera de Vélez. Su currículum cuenta que vivió la era dorada de Carlos Bianchi no sólo en Vélez sino, también, en Boca (estuvo entre 2000 y 2001). Jugó un tiempo en Italia y hasta fue convocado por Bielsa para algunos amistosos con la Selección.

Algunos llegaron a compararlo con Francéscoli. Pero a los 27 años, dijo basta: “Me retiré joven porque no soportaba el ambiente del fútbol. El deporte se convirtió en algo excesivamente capitalista donde gana el mejor postor. Que un jugador cobre millones de euros es irreal cuando mucha gente se muere de hambre. Al final no quería saber nada y lo tomaba como un trabajo que hacía por dinero. Esa actitud mercenaria me duró poco y empecé a correrme”, cuenta el Rifle acerca de su lenta despedida, ocho años después.

Podrán discutir su nivel como delantero, pero jamás su sinceridad in telectual. El grabador es inapelable: “Nunca fui un fumador compulsivo porque era deportista y me lo tomaba en serio. No era muy común y sólo lo sabíamos los tres o cuatro que andábamos en la misma y lo hacíamos con mucho miedo. Hoy hablo de la marihuana y alguno va a decir ‘Éste se retiró porque andaba de joda’. Pero la realidad es que siempre fui lo más profesional que pude. Nunca fui a un entrenamiento fumado” es lo primero que dice en la entrevista, relajado a sus anchas en el búnker conurbano de su grupo de rock Mil Hormigas.

En estos ocho años dedicado a tocar y cantar (también estuvo en Actitud Sospechosa) el fútbol ha quedado muy lejos de su vida. Sin embargo, fiel a su estilo, no da vueltas para plantarse: “Fumar antes de jugar un partido es imposible. Pero que un tipo pueda tomar dos litros de vino y no fumar cuatro pitadas antes de dormir, me parece raro. El fútbol te estresa mucho, y qué mejor que fumar para bajar la ansiedad. Es mucho más sano que chupar o clavarte un tranquilizante”. Él mismo se reconocía como “un tipo que vivía fastidiado todo el día”, hasta que un par de caladas hicieron que “ya no me coma ningún dramón al pedo, ahora me aplaco y paso la vida de otra manera”. También influyó su incursión en el mundo de la música: “Con Mil Hormigas laburamos por nuestra cuenta. Sacamos dos discos y tocando donde podemos. No me interesa colgarme de mi pasado para darle manija simplemente porque soy feliz haciendo lo que me gusta”.

– ¿La marihuana era compatible en un fútbol tan competitivo?
– Yo fumaba cuando podía, en las vacaciones o estando parado por alguna lesión. Me estaba dedicando a eso seriamente y sabía que me tenía que cuidar del antidoping. Hay gente recontra profesional, pero también algunos que son unos mamarrachos. Esos van quedando en el camino porque, a la larga, una cosa no va con la otra. El tren pasa y si molestás, te van corriendo. Yo he tenido compañeros que eran mucho mejores que yo, pero que en algún entrenamiento le teníamos que decir “Negro, limpiate que tenés blanco”.

– ¿Podías avisar que fumabas por si te tocaba un control antidoping?
– Confiar en alguien era muy riesgoso, porque hablarlo implicaba todo un puterío y te podían limpiar del plantel. A un pibe le hicieron un test de cannabis porque sospechaban. Se terminó yendo a un equipo de ascenso y no duró nada. En Europa es distinto. Un ex compañero mío que jugó allá, vio al médico de su equipo fumando en un recital. Ahí blanqueó y pegaron onda, entonces el tipo le anticipaba cada vez que había control antidoping sorpresa en los entrenamientos para que no fuera. A mí, en una época, me tocaba hacer controles bastante seguido, cada dos partidos. Cuando jugaba, era muy iluso. Después empecé a enterarme de historias. Por ejemplo, que el 80% ó 90% de los jugadores con doping positivo no eran propiedad del club sino que estaban a préstamo. Tal vez, si le tocaba a alguno cuyo pase era del club, alguien avisaba: “A este vendelo porque en cualquier momento…”. Si descubren que un jugador fuma marihuana lo tratan como a un enfermo, se quema.

– ¿Es un problema generacional entre los dirigentes que hacen las leyes y los deportistas que las tienen que cumplir?
– La marihuana es una planta y por lo único que se demora la legalización es porque se le acaba el negocio a los narcos y a los políticos que cierran los ojos. Si no podés plantar, te obligan a comprar esa porquería que venden por ahí. Y no es una droga de iniciación. En ese caso, lo es el alcohol, porque hoy un pendejo empieza a tomar a los 14 años en cualquier lado, o porque el mismo padre le dice: “Hacete macho, tomate un vaso de cerveza”. Mi discusión con cualquier tipo más grande es: “¿Vos tomás alcohol porque te gusta o por el mambo que te produce? Ok, a mí me gusta el mambo de la marihuana”. No es muy difícil de entender. A esta altura de la vida, ¿quién se va a asustar? El mundo estaría más tranquilo si la marihuana no estuviese tan demonizada. Hay gente que nació en otra era y está atrasada. Es hora que se dejen de hinchar las pelotas. No sé si es recomendable que la marihuana vaya con el deporte, pero hay reglas que ya son antiguas. El mundo de hoy lo manejan los traficantes y a nadie le sirve que sea legal, que puedas plantar en tu casa y no tengas que comprar esa porquería que te venden por ahí. También hay mucha hipocrecía: muchos de los periodistas que se meten a criticar son recontra faloperos.

 

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