El desafío del Capitán

Messi capitan

Cuentan que la noche anterior no pudo dormir tratando de planear una arenga convincente. Él, que se había destacado por muchas cosas menos por su verbigracia,  debía pararse frente a sus compañeros y protagonizar la charla previa en el vestuario. Argentina jugaba ante Grecia un partido de nula relevancia, pues el rival no infundía demasiados reparos y solo una combinación improbable de resultados impediría la casi asegurada clasificación a Octavos de Final. Aquella vez, Maradona tomó una de las decisiones más simbólicas de su turbulenta gestión: ante la ausencia de Mascherano (preservado para el choque siguiente), le concedió circunstancialmente la capitanía a Messi. Por primera vez, Lionel iba a lucir la cinta en el seleccionado.

En ese entonces ya era la estrella inalcanzable de un Barcelona inalcanzable, aunque no necesariamente por haberse impuesto a los gritos en el vestuario, sino por haberlo hecho de modo inapelable en la cancha. Normalmente, las grandes figuras se confirman no sólo por su fútbol sino también por su personalidad. No era su caso: tamaño talento parecía eximirlo de estos requerimientos.

Pasó el tiempo y se sucedieron títulos, premios y récords de todos los colores. ¿Qué desafío estimulante puede encontrar para levantarse cada día un tipo rico en dinero, prestigio y consideración? ¿Lograr que le sigan mejorando contratos cada vez más astronómicos? ¿Persuadir al club de incorporar jugadores que son de su simpatía? ¿Establecer una marca para volver a quebrarla al año siguiente? ¿Expandir su fanatismo inverosímil hacia los rincones más exóticos del planeta?

La última temporada pareció haberle dejado el saldo en cero: ni la Champions, ni el torneo doméstico, siquiera el consuelo de una Copa del Rey pudo conseguir con el Barcelona. Como si todo eso fuera poco, quedó además relegado en el mano a mano con Cristiano Ronaldo, quien lo despojó del Balón de Oro y del laudo de goleador de la Liga. A medida que terminaban los compromisos y Messi quedaba excluía de los títulos y premios, en España comenzaban a endilgarle un voluntario desinterés. Lionel jugaban en Barcelona, Madrid, Milan o Manchester, pero parecía tener la cabeza en Brasil.

Pasaron ya cuatro años del partido ante Grecia por el Mundial de Sudáfrica, aunque hay algo que aún sigue dando vueltas por su cabeza. Como en el insomnio de aquella víspera, lo invade la adrenalina del desafío que se impone. No queda claro si se convirtió en Capitán a causa de una decisión genuina, si lo instituyeron como tal ante la necesidad de generar un referente más allá de la línea de cal o si una cosa llevó a la otra y aquí estamos. A esta altura, la discusión tampoco reviste importancia mayúscula: lo relevante es que Messi parece haber encontrado allí el nuevo sentido a una carrera que no le ofrecía demasiados objetivos estimulantes.

Ya no se trata de resolver un partido a través de la finta inesperada, tal como hizo ante Bosnia (apenas el más reciente de innumerables ejemplos predecesores), sino de tomar decisiones fundamentales en momentos sensibles. De ponerle voz a la gambeta.

Y este Mundial lo expone a eso antes que a cualquier otra cosa. Podrá ser figura, campeón, alzar la copa e instalarse definitivamente en el Olimpo del fulbito (cuya membresía se enumera con los dedos de una mano), pero para constituirse en un emblema no le bastará con ser el mejor jugador que se haya visto sobre la faz de la Tierra. Cuántos talentos hemos visto sucumbir cuando las circunstancias los conminan a poner la cara y a alzar la voz. El liderazgo espiritual vale un poco más que la mejor de las colecciones de goles y firuletes.

Jugadores como Robben, Müller, Benzemá (y, en menor medida, Neymar y Balotelli) se las rebuscaron para ofrecer un estreno al menos digno de las expectativas que el público y el marketing han depositado sobre ellos. Claro que el Mundial recién empieza y todo puede variar, pero las cartas ya están echadas y hay que pensar en las jugadas posteriores. Y, a falta de un fútbol en la dimensión que se le exige, Messi suplió la carencia avanzando sobre un terreno inexplorado pero necesario: el del liderazgo fuera de la cancha. Ante el inentendible planteo de Alejandro Sabella, el Capitán comprendió el momento histórico que vive y no lo esquiva. En un momento de incertudumbre toma el micrófono con firmeza para bajar línea desde el lugar que más le compete: el del fútbol. Ni más, ni menos.

A pesar de que los viejos códigos impongan prudencia y discreción a la hora de tratar públicamente asuntos que se reservan para la intimidad, Messi no dudó en golpear la campañilla y solicitar atención: señores, somos Argentina, estamos jugando en Brasil y debemos hacernos cargos de lo que ello implica. Allí donde decía “En caso de emergencia, rompa el vidrio”, Lio enterró su puño para quebrar el cristal y activar la alarma. Un mensaje duro y crudo, puesto que a ningún entrenador le hace gracia que su jugador más notable lo cuestione ante la mirada de todo el salón. Pero fue honesto: a fin de cuentas, fue el mismo Sabella quien lo confirmó como Capitán, invitándolo a asumir responsabilidades hasta ahora ajenas a un hombre blindado por los mimos y los algodones del Barcelona.

Lo visto en el primer partido dejó expuestos a todos, obligándolos a tener que actuar en consecuencia. Y ya no vale el argumento de “tenemos que seguir trabajando”. Eso lo vienen haciendo desde hace rato y nadie se los cuestiona. Toda proeza necesita de una mística, y esta es inconcebible sin una épica que le de sentido. Messi dobla la apuesta y exige correr los riesgos que demandan las audacias. Así deba poner él mismo como hipoteca algo de la leyenda que escribió con el bronce de sus honores.  En principio, parece ser una buena inversión. El pequeño costo de una ganancia exponencial,  para dejar de ser póster y convertirse en bandera. Tal es el desafío que Brasil le acaba de proponer al Capitán.

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