Es ahora o nunca

Mundial

Argentina parece tener todo a disposición para salir campeón: rivales accesibles en primera ronda, un cuadro auspicioso en la fase siguiente, varias potencias fuera de combate y, como si esto fuera poco, el apoyo incondicional de miles de hinchas.

En ese escenario favorable, sin embargo, la Selección se halla extraviada. Van tres partidos y el equipo no ha encontrado su fútbol. Lo visto hasta ahora de una pesadumbre honda y angustiante: allí donde esperábamos ver demostraciones de potencia y destreza solo encontramos minutos interminables de pases entre los defensores, hamacando la pelota de un lado a otro, a la espera de que alguien acuda en auxilio. Y, entre la desolación, Messi, un artista en el desierto cuya obra fue tan esperada como fundamental. Su talento de órdago y la capacidad distintiva para resolver un partido en cinco segundos fueron decisivas pero también narcotizantes. Más que brillo, lo suyo fue una niebla que disimula el desencanto de sentir que Argentina aún no ha dado la talla en un Mundial emotivo y de calidad.

Es una oportunidad inmejorable para recobrar algo de protagonismo en el fútbol de elite. Sin embargo, a nivel de funcionamiento y espectáculo, Argentina se vio relegada por Costa Rica o Colombia, ya ni siquiera por Francia, Holanda o Alemania. Su paso por la primera ronda fue discreto, solo aprobable por la insolencia de las matemáticas, que le dieron una comodidad en el grupo que nunca sintió en la cancha. Allí, salvo las irrupciones providenciales de su mesías, solo hubo lugar para soporíferos espectáculos en los que Argentina se daba de cabeza ante improvisados bloques defensivos o sudaba gordo tratando de contener los embates enemigos.

¿Cuál fue la idea sobre la que trabajó Argentina desde diciembre, cuando ya supo quiénes iban a ser sus primeros tres rivales? Ese es el interrogante que se abre seis meses más tarde, cuando todo parece al borde del caos y la anarquía. Además, el cruce público entre Messi y Sabella no parece aportar a la causa: lejos de servirle al capitán para lograr una propuesta ofensiva, apenas contribuyó para maniatar al entrenador, quien desde ese entonces se vio obligado a tomar solo aquellas decisiones que no alteraran el humor de sus estrellas.

La presencia de Messi empujó a la Argentina a tres victorias y también a un funcionamiento casi disfuncional, en donde todo esfuerzo colectivo parece encomiarse a satisfacer las demandas del astro, a riesgo de perturbarlo si se insinúa lo contrario. Ya lo vimos cabizbajo y fastidioso durante esos 45 minutos en los que Sabella pretendió hacer de él lo que nunca pudieron todos los entrenadores anteriores en diez años: convertirlo en un jugador de rol, en la pieza de un tablero complejo y complementario. Por lo visto en ese tiempo para el olvido, la Pulga no está muy dispuesta a tocar un balón cada diez minutos mientras se la pasan entre Maxi Rodríguez, Campagnaro y Mascherano. Sus ansiedades se confunden con las de otros, incluso con las nuestras; claro que de ese juego arrebatado llegaron cuatro goles y a resultado puesto nadie se anima discutir acerca de esto.

Messi se debate entre constituirse como un líder positivo y edificante o seguir trabajando en beneficio de su marketing personal. Sus goles y su talento servirán a ambos intereses por igual, aunque para inscribir una épica en los bronces de la memoria hace falta también un ejercicio conciente del momento histórico. Algo que, por caso, detentan los miles de argentinos que durante largos meses buscaron entradas y juntaron moneda a moneda para viajar a Brasil. Ellos parecen más convencidos que nadie.

El Mundial se resetea y arranca de nuevo, aunque con menos cartas en el mazo. La baraja vuelve la cuenta a cero y Argentina tiene la posibilidad de lavar su imagen y dar la cara en un torneo que se insinúa inolvidable. Muchachos: es ahora o nunca.

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