La noche en la que caerán todas las estrellas

Estrellas

Por Juan Ignacio Provéndola | Una noche, cansadas de tanto ser anheladas e invocadas por los poetas y los soñadores, las estrellas tomaron la decisión de bajar del cosmos. Pero, sin que nadie lo percibiera, algo se mantendrá imperceptible en el cielo.

Cuenta cierta leyenda del futuro que una noche, luego de tanto ser anheladas por los poetas y los soñadores, las estrellas finalmente bajarán del cielo para congraciarse con quienes las invocaron desde el principio de los tiempos. Las que iluminan mucho o poco. Las conocidas y las anónimas. Las más grandes y también las imperceptibles. Una por una, cada cual iniciará su descenso desde distancias remotas y tiempos inmemoriales.

Sabemos a través de la ciencia que algunas de las que vemos con nuestros ojos son en verdad destellos de estrellas extintas en el pasado. El efecto de retardo, que normalmente se prolonga por años, se debe a las distancias siderales que debe recorrer la luz (a su velocidad: 300 millones de metros por segundo) antes de por fin ser registradas por la vista humana.

Y es a causa de este curioso fenómeno visual (pero también espacial y temporal) que no todas las estrellas caerán al mismo tiempo. Por el contrario: cada una iniciará su descenso en el momento exacto de su existencia, que puede ser hoy, el mes que viene o hace diez millones de años. El espectáculo será infinito, sin principio ni fin, imposible de abarcar bajo el limitado entendimiento que el humano hace del tiempo y sus transcursos.

Es tal la cantidad de estrellas que el firmamento supo cobijar a lo largo de los tiempos que no habrá espacio ni momento ajeno a este fenómeno en el que la Tierra será abrazada por la inmensidad inabarcable del conjunto estelar. En su caída memorable, las estrellas dominarán la existencia en toda su dimensión.

Entonces iluminarán la larga noche de los beduinos en el desierto, se esconderán entre los himalayas para guiar a los peregrinos extraviados de la nada y brillarán en la dirección de los pastores y sus rebaños. Abrirán en dos el Mar Rojo mucho antes de que Moisés debiera cruzarlo y taparán el Volcán Vesubio justo cuando su lava estaba por sepultar Pompeya. Acallarán el murmullo de la Torre de Babel y romperán la silenciosa armonía de las alturas andinas. Interceptarán todos los cohetes que el hombre envió al espacio y desviarán las naves extraterrestres que vendrán a la conquistar el planeta. Volverán ronco el tronido de todas las cataratas y harán llorar de pena a los ríos más dulces. Frenarán maremotos y aludes. Estremecerán a las espesas nieves siberianas tanto como a los mares del caribe  Penetrarán en las profundas napas para hacer brotar el agua en los suelos secos y disiparán las nubes de las zonas inundadas. Acompañarán el vuelo de las golondrinas hacia el verano, darán calor a los peces de los mares fríos e irrumpirán en la primera guerra de la historia, sellando con sus destellos la paz definitiva entre los hombres.

Pero el fenómeno guardará un secreto imprevisto. Se tratará de una estrella que, a diferencia de todas las demás, permanecerá pendiendo en los cielos dominados por la oscuridad. Solo una, aún sin luz, disimulada entre el polvo cósmico. Esperando renacer para iluminar al próximo hombre que se anime a soñar.

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