Ciudad de Cristo

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Por Juan Ignacio Provéndola, desde Jerusalén (Publicado en Pagina/12)
– Los que entran por primera vez a Jerusalén, se preguntan el nombre de la cárcel que encierran los paredones y las torres panópticas sucedidas una y otra vez a lo largo del acceso por la Ruta 1. Esa es la imagen que deja la ciudad hoy: la de una enorme unidad penitenciaria acorralada por amplios murallones que Israel ordenó construir en 2003 para distinguir sus dominios de los de Palestina, con la que se disputa la propiedad de la tierra sagrada sobre la que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo construyeron varios de sus relatos fundamentales.

Allí, cuentan, Jesús nació en una gruta y murió en una cruz, mientras que Mahoma ascendió a los cielos tras un largo viaje desde La Meca. Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del planeta, y para encontrar tiempos de paz hay que retroceder por lo menos 3 mil años, cuando era capital del Reino de Judea y era gobernada por el rey Salomón. Luego fue sucesivamente invadida por persas, macedonios, griegos, romanos y otomanos. Un destino de eterna discordia que hoy se actualiza con israelíes y palestinos, quienes litigan por la propiedad de la ciudad desde que los británicos abdicaron a su ocupación en 1947.

Aunque los árabes originalmente habían logrado hacerse de gran parte del territorio, Israel luego pujó por las fronteras en su beneficio en 1967, tras la Guerra de los Seis Días. Fue el inicio de una escalada bélica caracterizada por capítulos de odio, sometimiento y destierro, en una lucha de ocupaciones donde el dominante circunstancial levantaba sus edificios e instalaba a su gente, desplazando al enemigo y derribando sus construcciones. Sitios de incalculable valor histórico fueron mudos testigos de tanto desprecio y locura, como el Muro de los Lamentos, el Camino del Calvario (donde conviven seis expresiones religiosas diferentes) o la Cúpula de la Roca, conocida también como Mezquita Al Aqsa.

Como en los tiempos bíblicos, Jerusalén volvió a ser refugio de discordias entre dos pueblos. En el trasfondo de diferendos entre Israel y Palestina está también la disputa por esta ciudad, que ambos desean como capital. Los primeros así la consideran, aunque muchos de los edificios administrativos y embajadas se mudaron a Tel Aviv. Precauciones en las tensiones. Los otros, en cambio, debieron establecer su sede política en Ramala, quince kilómetros al norte de donde en realidad quisieran.

Sin embargo, los palestinos ocupan varios sectores al oeste de Jerusalén. Es lo que se conoce como Cisjordania, uno de los dos territorios que el Estado sin reconocimiento mundial tiene sobre Israel. El otro es la Franja de Gaza, al sur, sobre el Mar Mediterráneo y al límite con Egipto. Palestina es un Estado partido al medio no sólo geográfica sino políticamente: Cisjordania y Gaza tienen autoridades diferentes, incluso enfrentadas ocasionalmente.

Distintas propuestas pretendieron poner calma y acercar posiciones entre las dos partes, casi todas fomentadas por países que guardan sus propios intereses en esos lugares y en la conflictiva región de Medio Oriente. Una proponía, entre otras cosas, dividir la soberanía de Jerusalén según la procedencia de sus habitantes. Pero había un problema: unos y otros se habían establecido en barrios ajenos, generando una ocupación caótica y conviviendo con el enemigo. Los límites entre lo israelí y lo palestino se volvieron impredecibles, como la furia ancestral que los empuja a odiarse.

Con el apoyo de sus socios estratégicos, Israel comenzó a levantar en 2003 una serie de paredones sobre Jerusalén. Hoy se acumulan 75 kilómetros de grises murallones que encierran y aíslan a los palestinos al ridículo extremo de tener que mostrar documentos para pasar de un lado al otro, así deban hacerlo todos los días por motivos laborales o personales. Intramuros quedó bajo dominio palestino la Iglesia de la Natividad, en Belén, al ladito de Jerusalén. Fue construida sobre la posada en la que, según la tradición cristiana, María alumbró a Jesús. Un chiste gráfico los muestra a ella –encinta– y a José siendo requisados por militares israelíes. En otros, los Reyes Magos tienen que saltar los paredones para poder llegar a Belén, o siguen a una estrella que, al final, resulta ser un misil. En la ciudad de Cristo, la Biblia sólo tiene sentido entre muros, alarmas y explosiones.

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