Penumbras de la Ciudad Luz

Catacumbas01

En el lado oscuro y subterráneo de París hay raves entre esqueletos y reuniones clandestinas, una playa y la resistencia de la oscuridad.

Por Juan Ignacio Provéndola, desde París (Publicado en Página/12) – Las luces de la Torre Eiffel, las piezas de sus museos, el verde intimidante del Jardín de Luxemburgo, la elegancia de los Campos Elíseos, la bohemia de postal del Montmartre y el romanticismo de a 5 euros la media hora en barquito por el Sena. La lista de lugares comunes del Universo se nutre, en gran parte, de estereotipos trillados sobre París. Sin embargo, la capital turística del planeta conserva aún algunos secretos. Secretitos, bah: no son misterios insondables, pero al menos están fuera de la intervención contaminante del turismo despreciable, aquel que se preocupa solo por acumular llaveros, remeras y terabytes de fotos con las que atormentará a sus víctimas de ocasión. Sitios a los que pocos acceden y el Sol es uno de los impedidos. Sobre la superficie, la ciudad flamea las banderas de un país que se mece entre el gobierno más impopular de su historia y una insólita intervención militar en Medio Oriente. Debajo de ella, todo este escenario descripto se derriba, como cuando acaba una partida de TEG y el mapa, las fichas y las tarjetas vuelven al grado cero de la caja tapada.

Desde los primeros siglos del milenio se extienden bajo tierra 300 kilómetros de pasillos que atraviesan las tripas de París como venas densas y profundas. O como intestinos: muchos de los túneles están conectados actualmente con desagües. Hoy, al otro extremo de la historia, la extensa ciudadela en forma de gruta se ha convertido en la trinchera subcutánea de los catáfilos, tal el nombre de quienes se abisman diariamente a esta dimensión oculta, marginal y prohibida. Después de ingresar a través de alcantarillas o entradas ocultas, los catáfilos se sumergen en la penumbra de la Ciudad Luz para extraviarse en sus pasillos, encontrarse con amigos, tomar algo, escucha un poco de música y hasta participar de fiestas electrónicas. Algunos prefieren pintar o esculpir las paredes, dejando su arte a disposición de quién lo descubra entre los azares del kilométrico laberinto. También se habla de magia negra y rituales satánicos, algo incomprobable pero probable: es más factible que eso ocurra en un oscuro pasillo subterráneo antes que en la Pirámide del Louvre.

Aunque a los túneles se los conoce como Catacumbas, en sus orígenes eran una cantera de piedra caliza que los romanos, ocupantes de la región, extraían para realizar monumentos. Sucede que en 1786, a poco de la Revolución Francesa, se decidió destinar la extensa gruta para el depósito de cadáveres. Los cementerios parisinos estaban desbordados y el mal manejo de los cuerpos desparramaba enfermedades. Durante quince meses, las noches parisinas se inundaron de carruajes que trasladaban restos humanos en la oscuridad. Fueron enterrados alrededor de 6 millones de cuerpos (el doble de la población actual de París) y muchas de las paredes aún siguen cubiertas por huesos y calaveras de aquellos tiempos, desplegando sobre los túneles con una escenografía surrealista.

Las Catacumbas de París también se usaron como lugar de fusilamiento, búnker de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y refugio de ladrones y criminales. Cuentan que el escritor Víctor Hugo las curtía y que en ellas se inspiró para escribir Los Miserables, en donde dictaminó: “La cloaca es la conciencia de la ciudad. En este lugar hay oscuridad, pero no secretos”. Todo cambió en 1955, cuando el gobierno decidió abrir al público solo un ínfimo trazado de un kilómetro, en la zona de Montparnasse. La limitación no hizo más que reforzar el interés por aquello que resultaba prohibido. Y el lugar, que históricamente había sido utilizado para enterrar cadáveres, fusilar enemigos o escaparle a la muerte de la guerra, de golpe incorporó lo que nunca tuvo: vida. Dicen que las primeras exploraciones masivas se produjeron entre los ’70 y los ’80, de la mano del movimiento punk. Sobreviven recuerdos de fiestas salvajes y violentas, aunque con el tiempo los modos cambiaron y el público se diversificó.

La intervención humana ha sido notable. Entre las piedras de los túneles se fueron abriendo distintos salones. A uno lo llaman “La playa”, porque tiene arena y en una pared alguien reprodujo la ola de Kanawaga, del artista japonés Hokusai La “Sala del sol”, en tanto, está dedicada al cine, con imágenes de Jack Nicholson, Charles Chaplin o John Travolta. Y, debajo del hospital militar Val-de-Grâce, funciona la “Sala Z”, donde actúan grupos de música. El español Víctor Serna se internó treinta veces en este submundo con una cámara y el resultado está en “Catacombes, historias del subsuelo en París”, webdoc que revela un fenómeno que jamás encontraremos en los folletos de las agencias turísticas. Allí muestra, por ejemplo, una de las concurridas fiestas electrónicas. O las formas de acceder a las Catacumbas. La más cómoda es a través del tubo de una alcantarilla, descendiendo treinta metros por escalera después de mover los 100 kilos que pesa la tapa del sumidero. También hay ingresos en plazas, lugares abandonados, estaciones de metro o de tren. Son angostos huecos labrados con paciencia de topo que, en su mayoría, solo pueden ser atravesados boca abajo, reptando.

Los catáfilos tienen un lema: “Si descubren y clausuran una entrada, abrimos diez nuevas”. Un cuerpo especial de policía fue creado para combatirlos, aunque la inofensiva pena (una multa de 60 euros) no infunde demasiado temor entre los díscolos. El fenómeno despierta intriga en muchos estudiosos, quienes aún no saben si definirlo como una manifestación de rechazo a la sociedad, una excentricidad de burgueses o una experiencia ociosa. Sin tanto rigor, Universal Pictures utilizó las Catacumbas en la inminente “As above, so below” para generar un escenario en el que tres amigos ven apariciones macabras, espíritus siniestros y hasta las mismísimas puertas del infierno. Como película de terror tal vez sobreviva, pesar del abuso de obviedades del género. Como relato, en cambio, impone una ridiculez intolerable: no es necesario irse hasta París para llegar al averno.

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