Música para las masas críticas: la adecuación política del rock tras Cromañón

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Organizaciones de base, músicos candidatos y recitales en ciclos estatales: década de rock entre protestas y propuestas. 

Por Juan Ignacio Provéndola (Publicado en el Suple NO de Página/12). Tras la fatídica noche de Once, el Estado inició una descomunal y sofocante ola de clausuras. Aunque el tiempo demostró que Cromañón pudo haber sido un colegio, un edificio o una formación de trenes, en ese entonces el rock se había convertido en una mala palabra, un culto malsano que desafiaba a la muerte incendiando boliches. La clasificación fue tan errada como aquel embate prohibitivo, porque los ajustes siempre son hacia abajo y éste, como tantos otros, afectó a los movimientos de base: el cierre a mansalva de pequeñas y medias salas marginó a los artistas emergentes de un mercado sostenido a partir de ese entonces sólo por los más convocantes y por una serie de productoras privadas que hicieron pata ancha en tierra devastada.

Mientras Néstor Kirchner (que se preservó en El Calafate durante los días posteriores a Cromañón) le abría las puertas de la Casa Rosada a Spinetta, Charly, Gieco y otros próceres del Pleistoceno, las nuevas generaciones comenzaron a tender canales internos de acción y representación hasta entonces inéditos. La primera experiencia notable fue la de MUR (Músicos Unidos por el Rock), un colectivo de 160 grupos y solistas que llegó a meter en 2005 casi 20 mil personas en Plaza de Mayo reclamándole al Estado lugares para tocar, apoyo logístico y remuneraciones.

Aunque es anterior, la UMI (Unión de Músicos Independientes) multiplicó su representación después de Cromañón y fue el caldo de cultivo de la fallida Ley de la Música, el primer esfuerzo orgánico del rock por intervenir en discusiones políticas más allá de una canción. Cristian Aldana, uno de sus emblemas, se convirtió en 2013 en el primer rockero que participó de una elección representando al gobierno de turno. Antes que él, ya lo había intentado Cabra de Vega (Las Manos de Filippi), aunque en el Partido Obrero, al que incluso llegó a enrolar a colegas como Ciro Pertusi (Jauría) y Eduardo Graziadei (Cadena Perpetua).

Ya sea en la protesta o en la propuesta, el rock argentino encontró en la política un nuevo canal discursivo. Y también una nueva salida comercial: la falta de espacios fomentó la realización de recitales organizados por el Estado a distintos niveles (intendencias, gobernaciones, el Estado nacional), aunque siempre con la crítica por los arbitrarios métodos empleados para decidir a quién contratar y a quién rechazar.

¿Se puede hablar de una nueva conciencia política del rock a partir de Cromañón? La sola pregunta irrita a los ascetas de las contraculturas de la contra, aquellas que se enquistan en los márgenes como los parásitos que se prenden al culo de un perro. La tragedia inauguró un nuevo proceso de encuentro entre el rock y la política, campos otrora incompatibles. Aunque los resultados de este vínculo se apreciarán recién con la distancia crítica del tiempo.

Si en ese entonces se comprobó que el rock se convirtió en algo más que la banda de sonido de un acto de campaña, se puede hablar entonces de una década ganada. ¿A quién? A la involución cultural e institucional impuesta por el hecho que le dio inicio, allá por el 30 de diciembre de 2004.

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