Un cuento chino

Cuento chino

Pocas semanas después de asumir en 2003, Néstor Kirchner desplazó sin pudores a once funcionarios de la Secretaría de Turismo y Deportes. Se trataban de hombres estrechamente cercanos a Daniel Scioli. La decisión causó gran sorpresa: no es normal que un Presidente y su Vice confronten a la vista de todos y con tan pocos días de ejercicio en el poder. Fue el primer cruce entre Scioli y el kirchnerismo, chispas de un fuego que se propalaría durante los doce años siguientes.

Según el ideario simbólico del kirchnerista de a pie, Scioli encarna la figura del tipo que se pone la camiseta pero que no canta el himno. Que juega en la posición que el entrenador le pide, aunque sus gambetas sean más para la tribuna (el afuera) que para el banco (el adentro). Que decodifica el lenguaje pero que nunca sentirá los colores. El naranja metaforiza esta idea de una manera muy sencilla: su rasgo característico parte de un icono propio que nada tiene que ver con el espacio que dice honrar, como si necesitara dejar en claro que su identidad no está ahí, sino en otro lado. Como si él no se perteneciera más que a sí mismo. El perfil de un tipo con personalidad. O de un traidor.

¿Es esto cierto? ¿O responde a una imagen premeditadamente construida “desde adentro”? Siempre me lo pregunté. Hoy más que nunca.

Cuentan las crónicas del pasado que Cristina llamó a Florencio Randazzo un día después de perder las elecciones legislativas de 2013, aquellas en las que Sergio Massa y su Frente Renovador le privaron al kirchnerismo de la mayoría necesaria para impulsar desde el Congreso la reforma de la Constitución, única instancia para permitirle a CFK la re-reelección. “Flaco, mi candidato sos vos. Scioli no es nuestro. Te puse los trenes y te voy a poner la comunicación. Empezá a trabajar”, le dijo Cristina. Su diagnóstico fue que la base ancha del voto kirchnerista era el electorado duro e ideologizado. Una continuidad del slogan de aquella campaña del 2013: “En la vida hay que elegir”. Te amo o te odio. Eludir la tibieza implica el riesgo de morir congelado o calcinado. Randazzo empezó su proyecto presidencial con ímpetu, tajante, al corte. Chocando y empujando. Era la única alternativa. Así se lo habían solicitado.

Según revelaron las últimas encuestas, el perfil ortodoxamente kirchnerista de Randazzo era el principal motivo de adhesiones y rechazos, aunque en proporciones desfavorablemente desiguales para el Ministro. Aquella bendición de Cristina fue, a la larga, un salvavidas de plomo. Lo que ella tiñe, a la larga, se destiñe. Lo supo todo el que se presentó a una contienda bajo su aprobación. Salvo una excepción: Daniel Scioli. Un kirchnerista bajas calorías. Dulce pero no empalagoso. Como la Coca Cola Light. Mejor dicho: como el marketing nos lo hace creer de la Coca Cola Light. El candidato es el proyecto. Y el proyecto, a largo plazo, era conservar el poder. Cristina y su entorno supieron muy bien que, sin ella, no había otra opción que la que fue optada. Randazzo, en cambio, prefirió verse así mismo como un cruzado dispuesto a inmolarse. Se quedó solo.

Los piratas solían poner al frente de sus convoys algunas barcazas maltrechas. El fin era distraer con objetivos fácilmente abordables para que el enemigo diluyera todas sus energías bajo la confianza de una victoria sencilla. Pero en secreto, leguas atrás, una tropilla de naves vigorosas y fuertemente armadas avanzaban con el plan de efectuar una embestida demoledora, ya cuando el rival había agotado su fuerza y no estaba preparado psicológicamente para una contienda dura. ¿Fue Randazzo una carnada para ser sometida al inevitable desgaste fatigoso? ¿Una bandera para dejar colgada hasta el último día, entre jirones? ¿El escudo para preservar a un Scioli que, hasta estos días, era ponderado como un “kirchnerista-pero-no-tanto? Quienes crean que todo esto no es más que un cuento chino, deberán entonces descifrar quien es el persona que empuñó la pluma de esta historia. Lo encontrarán agazapado, detrás de la barcaza débil, subido a la nave más poderosa, avizorando el desembarco triunfal a través la comisura achinada de su mirada.

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