El sinuoso camino para la victoria

Scioli JPG

El kirchnerismo tuvo una oportunidad inmejorable para ahogar a Macri hasta dejarlo azul. O (si la metáfora anterior angustia) para reducir su amarillo a escala de grises. No fue en las PASO del domingo, sino en las elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Fuera de combate en primera vuelta, el FPV dispuso de algunas opciones para evitar el triunfo final de Rodríguez Larreta. Algo que hubiese sido posible si el voto kirchnerista se plegaba en el ballotage a Lousteau con el simple pretexto de despojar al PRO de su bastión central. El macrismo venía de morder el polvo en Santa Fé y una derrota en Capital hubiese sido letal. Lectura elemental que nadie pasó por alto.

Pero estas matemáticas no son aritméticas, sino políticas. Sólo así se concibe la decisión del comando central del FPV de instar a su electorado a desentenderse de la segunda vuelta porteña, algo que claramente beneficiaba a Larreta, el candidato mejor perfilado. El argumento era que las dos opciones se ubicaban lo mismo en la antípoda del proyecto, de modo que daría lo mismo quien ganara. En el fondo, sabían que no era así: es un secreto a voces que el kirchnerismo duro eligió dejar con vida al PRO para no hacérsela tan fácil a Scioli en las elecciones presidenciales. Algunos periodistas hablaban de “fuego amigo”, aunque el término tenía aplicación imprecisa. Así refiere la jerga militar a los disparos que un soldado efectúa a su propia tropa por involuntaria equivocación. En este caso, sólo lo primero es cierto.

Las tensiones entre los espacios del kirchnerismo no se reducen al armado de listas y a las competencias en elecciones internas. La confluencia común abreva en la obvia necesidad de la victoria, algo que impone no sólo el nombre del partido sino también una expectativa menos poética: la de perdurar en el poder. La disidencia, en cambio, surge a partir de la cifra final. El FPV acordó cómo ganar el día que consagró a Scioli-Zanini como la única fórmula presidencial. El mensaje fue: todos unidos triunfaremos (o no). Lo que quedó en discusión desde ese entonces es por cuánto.

No son pocos los que, si les dan a elegir, preferirían ganar pero no por las grandes diferencias de otros años. Desean que esa épica le pertenezca en exclusiva a Cristina, acaso como forma de reservarle un liderazgo narrativo más allá de diciembre. El dato no es meramente simbólico: ella fue la que mejor administró grandes caudales electorales en toda la historia del peronismo. A Perón lo interrumpió primero un derrocamiento y luego la muerte, mientras que Menem condujo el país hacia el abismo. Cristina, en cambio, se retirará con un importante nivel de aceptación social. Comparen y vean. La única verdad es la realidad.

Es incierto el devenir político de Cristina a partir del 2016. Todo hace pensarla lejos de las oficinas pero cerca de los teléfonos. Comenzará tal vez un proceso de alejamiento simbólico. Lo hizo Perón. También Duhalde. Abundan antecedentes en el movimiento, aunque no siempre terminan bien. Por eso, es necesario que Scioli sea el intérprete del triunfo, pero no su autor excluyente. A lo sumo, un George Harrison, mas nunca Lennon o McCartney. Eso sólo será posible si el gobernador bonaerense se impone por una diferencia discreta que lo obligue a respaldarse en los otros espacios internos. Una victoria amplia, en cambio, le daría más autonomía de maniobra. Pero esta historia tiene muchos protagonistas y ninguno de ellos desea bajar al reparto.

Es complejo el andamiaje que requiere este dispositivo de ganar, pero no por mucho. El peronismo, como tantas otras veces, trazó su camino a la gloria entre márgenes sinuosos. El resultado de las PASO ubica a Scioli a la cabeza de las preferencias, incluso cerca de la posibilidad de ganar en primera vuelta, aunque con necesidades fundamentales de subsistencia interna. Lides de índole doméstica. Como las del perro que enfrenta dos problemas: hambre y una rienda corta.

Scioli deberá ir por nuevos electores sin desatender la armonía interna. Atravesar el esquema sin quebrarlo. Moverse a tiempo y en su espacio. Y ver como sus rivales se enredan las tripas entre ellos. Los mismos que el kirchnerismo dejó vivos porque así los necesitaba. La estrategia no está escrita en ningún memo o guión filtrado por la prensa enemiga. Y sus resultados se conocerán dentro de poco.

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