La noche en la que caerán todas las estrellas

Cuando uno se enamora, es capaz de hacer cualquier cosa. Desde las más maravillosas, hasta las indecibles y vergonzosas. Cambia la piel, aprende nuevas palabras, recorre largas distancias, se olvida de su pasado e imagina un futuro impensado. Tolera traiciones, depone rencores, concede oportunidades, se come su orgullo y encara hacia adelante. Se anima a soñar, a creer y también a crear. Todo parece eterno. Aunque sabemos que no lo es. Y que, en consecuencia, algún día será nada. Como nosotros mismos, ahora mismo: somos la manifestación de la nada intentando ser algo. Los soldados de una batalla inmemorial contra el olvido que define a la muerte. Solo queremos que nos quieran. En (con) todos los sentidos.

Este breve cuento lo escribí hace unos largos meses, probablemente impulsado por todo esto que describí. Antes de que cayera en el olvido (en la muerte, en la nada), lo rescató mi amigo Agustín Pisani, quien lo leyó de punta a punta en la trasnoche de Radio América. Refleja pulsiones que son personales pero a la vez de toda la humanidad. Por eso están reflejadas en las figuras de las estrellas, cuya mirada humana es afanosa pero imprecisa: los astros se mueven en sus propias coordenadas de tiempo y espacio. Nosotros, desde aquí, no podemos más que observarlas y anhelarlas. Aunque muchas de ellas ya ni siquiera existan.

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Una respuesta a “La noche en la que caerán todas las estrellas

  1. Entiendo justamente porque esta conexion …Increible e impensado. Sabor a algo…

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